Fugaz eterno

Fugaz-eterno.jpgElla llevaba más de una hora despierta. Había oído como el viejo reloj daba las cuatro. La media. Estaba impaciente. Quizás, hasta excitada. Todas las madrugadas de los últimos años se sucedía el mismo ritual. Un juego que le atraía.

Él llegaba, como cada día, a las cinco. Sentía sus pasos en la escalera. Y ella sonreía. “Comienza la aventura” pensaba.

La llave en la cerradura. El crujido de los viejos goznes. Y el suave cerrar de la puerta. Una pequeña claridad se introducía en la vieja habitación a través de la puerta entreabierta.

Lo oía respirar. Como se quitaba, una a una, las piezas de ropa. Como se pasaba una toalla por el cuerpo. Como la dejaba caer encima de la vieja silla. Y ella sonreía. Suave. Casi mentalmente. El ritual se cumplía.

Lo oyó sentarse en un rincón de la estancia. Como encendía el cigarrillo. Y su cuerpo se estremecía al intentar adivinar los pensamientos de él. Sabía que estaría observando todo el entorno. Los viejos muebles que no habían querido cambiar. Como se detenía en cada rincón, como contemplaba las manchas de la pared o el viejo cuadro que ella le había pintado para su cumpleaños. Ella sabía todo lo que pasaba por la mente de él y lo gozaba. Como él. Casi no podía resistir sin exteriorizar sus emociones. Pero se controlaba, igual que lo había hecho siempre. Cada día. Cada madrugada.

Se dejaba acariciar por la mirada del hombre, de su compañero de tantos años. Como recorría su cuerpo, desnudo, tapado simplemente por una sábana. Y se sentía querida, deseada. Y le gustaba.

Lo oyó levantarse de su postura. Como se acercaba sin apartar la mirada de ella, como si la acariciara, la besara. Intensamente. Y ella sonreía, levemente, al imaginarse lo que sucedería después.

Sabía que estaba cansado, pero aún así, no era impedimento para nada. Era su momento mágico. Sentir como se acercaba a la vieja cama de bronce que él le regaló con una nota: “Como el color de tus cabellos”, decía.  Como la observaba, detenidamente, con una mirada cargada de deseo.

Él apartaba suavemente la sábana mientras el reloj marcaba las cinco y media. “Maldito reloj” pensó ella. A las seis ella se iría, como cada día. Pero ese corto período de tiempo era su momento, su encuentro. Sintió el contacto de los labios de él en su cuello, cerca de la oreja, y un escalofrío de placer recorría su espalda, como se erizaban los cabellos de su nuca y su pulso se aceleraba. Y ella se giraba, abriendo los ojos y, mostrando con su mirada toda una invitación que él no podría resistir. Ella alzó los brazos para atraerlo hacía si, le besó y recordó todos los dados los últimos años y, por qué no, también los recibidos.

Se sintió acariciada, besada, poseída y… poseedora.

Todos los sueños de la noche se fusionaban en aquellos momentos que ambos sabían breves, siempre demasiado breves y, quizás, por eso mismo, intensos.

Y el viejo reloj replicó seis veces.

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Fugaz-eterno-II.jpgSe oían las campanadas del viejo reloj marcando las cinco de la mañana. Un calor intenso y una fina lluvia que caía en ese momento aumentaba la sensación de humedad en el ambiente. Giró la llave de la cerradura lentamente. Sonrió pensando cuántas veces había hecho el mismo gesto, ya casi monótono. Se alarmó de sus pensamientos “¿Monotonía? No. A caso, tradición”.

Acababa de entrar en la habitación y su ropa estaba húmeda y adherida al cuerpo. Los cabellos soltaban gotas de agua que se deslizaban por sus mejillas. Se despojó de su camisa y cogió una toalla, colgada en la percha y, con ella, comenzó a secarse el pelo, el rostro, el cuello y la espalda para dejarla caer después en la vieja silla.

Se sentó en una esquina y encendió un cigarrillo mientras observaba largamente la estancia. Las paredes desconchadas. Grietas y manchas contemplaban el espectáculo de su propia decadencia. Un cuadro; una vieja silla desvanecida delante de una mesa de similares condiciones; un par de pinturas adornaban aún más las paredes; una cómoda coja, aguantada por dos gruesos tomos; un armario, cuyas puertas hacían increíbles equilibrios para mantenerse en su sitio, y una percha de pié. Y centenares de libros que llenaban todos los rincones de la cámara y que habían adquirido juntos en eternos paseos por los puestos de venta de ejemplares usados. Lo único relativamente nuevo era la cama. De bronce, de aquellas altas y antiguas que adornaron habitaciones del siglo pasado. La había comprado pensando en ella, hacía ocho o nueve años, quizás. ¡Pasaba el tiempo tan rápido!

Siempre creyó que ella y aquel lecho formaban una imagen única. Sería porqué el bronce, siempre bruñido de la cabecera, acababa por confundirse con el color de los cabellos de ella. O, simplemente, porqué ambas habían sido sus ilusiones de siempre. Era igual. Lo que sí sabía es que un día la encontró en una tienda de antigüedades e inmediatamente le vino a la imaginación la figura de ella dormida. Y la compró sin pensarlo más y se la regaló. Y, ahora, como cada día, cuando llegaba, se entretenía al contemplarla. Un ritual.

Siempre le había gustado observarla mientras dormía. Acariciarla y besarla con el pensamiento. Sentir su respiración acompasada y compararla con la brisa cálida y húmeda que penetraba por la ventana. Era como un juego de niños. Pero era su juego. Mirar sin ser descubiertos y disfrutar un poco del riesgo que esto llevaba consigo. Sabía que le quedaba poco tiempo para gozar de la visión y lo aprovechaba. Seguía cada una de las líneas del cuerpo de ella, con el reflejo de la madrugada que se introducía por las rendijas de la persiana. Sonrió. No necesitaba más. Las recorría mentalmente cada día y, cuando por fin se durmiese, soñaría con ellas. Estaban grabadas ya en su mente.

Estaba cansado, mucho. Pero ya tendría tiempo de descansar más tarde. Se levantó, apagó el cigarrillo y se acercó al lecho, pero no llegó a rozarlo. Alargó la mano y retiró suavemente la sábana que ocultaba el cuerpo femenino. Seguía siendo el mismo que conoció muchos años antes. Y seguía deseándolo con la misma intensidad de entonces. Su sola visión lograba excitarlo siempre. Desnuda o vestida. Vista o imaginada. Siempre conseguía el mismo resultado. 

Tuvo la intención de acariciarla, pero un leve movimiento de ella lo contuvo. Aún hoy, después de tantos años de convivencia, el temor se apoderaba de él. El miedo a perderla le hacía más daño que cualquier herida recibida. Incluso, no sentirla junto a él cuando la tenía cerca, lo enervaba. 

Volvió a extender el brazo, aunque se contentó con retirar un poco el pelo del rostro de ella para poder contemplar como dormía. Y sonreía. Lo sabía antes de verlo. Nunca pudo penetrar en sus sueños y siempre tuvo deseos de compartirlos.

Una nueva campanada del reloj le indicó que su tiempo estaba concluyendo. Las cinco y media y pronto amanecería y ella se marcharía, como todos los días, a las seis.

Se inclinó y depositó un beso en el cuello de ella, casi junto a la oreja, dónde él sabía que más le agradaba ser besada. Sintió como se rebullía entre las sábanas y como se volvía para contemplarlo, con aquellos ojos azules, siempre traviesos y provocadores.

Ella alzó los brazos y le rodeó el cuello. Se dejó besar y, a la vez, la besó. No paraba de acariciarla, besarla y ofenderla, si aquello entre ellos se podía denominar ofensa.

El tiempo era intenso. Fugaz. Eterno.

Y el viejo reloj replicó seis veces.

Escrito por Olga