Vegetarianismo

Publicado en 1 Julio 2012

Vegetarianismo.jpgNormalmente se plantean tres argumentos en defensa del vegetarianismo. El más débil, aunque convincente, es un argumento económico, que se basa en la consideración de que media hectárea de tierra puede alimentar a dos personas si se la utiliza como pasto para ganado, pero puede alimentar a veinte si se utiliza para cultivar cereal. Este es el argumento más débil del vegetarianismo porque el problema del alimento en el mundo no es un problema de escasez, sino de distribución desigual: algunos tienen demasiado, y muchos demasiado poco, de una cantidad global que por sí misma resulta suficiente.

Algo menos débil, y, en consecuencia, más convincente, es el argumento de la salud, que se basa en la consideración de que la carne contiene grasas saturadas y montones de bacterias; y si no es el resultado de una cría ecológica, contiene asimismo antibióticos, vacunas y hormonas de crecimiento, que, junto a las grasas y (a pesar de los antibióticos) las bacterias, acaban en la boca del hombre cuando ésta cumple la función de hacer de cementerio de cadáveres de animales sacrificados.

El más fuerte de todos es el argumento moral en contra de la práctica de criar y luego matar a seres sensibles para comérselos, cuando eso es algo que no necesitamos para vivir bien.

La prudencia aconseja tomarse en serio el argumento de la salud. Lo que los carniceros llaman «carne fresca» no es en realidad nada parecido, sino carroña, puesto que la carne sólo resulta lo suficientemente blanda para poder cortarse, cocinarse y comerse cuando ha iniciado su descomposición. Resulta asombroso que el hecho de que comemos carne podrida pueda disfrazarse hasta en el caso de la caza, que se cuelga durante un tiempo extra para obtener una carne aún más podrida que otras. La descomposición la realizan millones de bacterias que pululan por la carne, y cuya tarea consiste en predigerirla para nosotros comiéndosela primero; el característico olor a animal de caza de la carne de venado colgada proviene del excremento de los microbios que la pueblan: obviamente, todo lo que se come se excreta, y la carne no sólo es el comedor de los microbios, sino también su váter.

Para ver cómo los microbios hacen su trabajo en la carne, basta dejar un ratón muerto en nuestro jardín y observar cómo se descompone. El proceso resulta aún más espectacular cuando se filma y luego se proyecta a cámara rápida. Mientras una masa de microbios en rápido crecimiento se arremolina encima y dentro de él, el diminuto cadáver parece retorcerse y colear como si tratara de escapar. Una vez que la primera oleada de invasores ha terminado con las proteínas del cadáver y los tejidos se han vuelto caseosos, interviene la «mosca del queso» (Piophila casei) para realizar la misma magia que hace con el queso fermentado. En el plazo de diez horas las bacterias se multiplican de cien a cien millones, y en esas mismas cantidades se hallan presentes en la carne de la carnicería y de nuestra cocina, que devoran y excretan exactamente tal como devoraron y excretaron el cadáver del ratón.

Pero todo lo anterior no representa más que un argumento prudencial. Puede que a uno le guste llenarse la boca de carne en descomposición llena de hormonas y vacunas infectadas, infestada de microbios y cubierta de diarrea microbiana. Todas estas cosas, más el remate carcinógeno del daño causado por el calor del proceso de cocción, vienen a conformar un bocado que, por lo demás, resulta exquisito; ¿quién podría negarlo?

El argumento moral, en marcado contraste con el anterior, es un argumento de principios. A cualquiera que visite en un mismo día una granja de cría intensiva, un tren de transporte de ganado y un matadero no le resultará difícil pararse a reflexionar ni que sea un poco sobre el trato que damos a nuestra carne antes de ponerla en el plato bajo las inocentes e irreconocibles formas de un bistec, una chuleta o un asado. En realidad, los brutales hechos de la producción cárnica deberían provocar en la persona normalmente reflexiva muchas más nauseas que el anterior relato de la carne podrida.

Es interesante preguntarse cuántos comedores habituales de carne estarían dispuestos a degollar por sí mismos a una vaca —sobre un sumidero, si son listos, que se lleve los litros de sangre que manarán—, destriparla y limpiar los metros y metros de intestinos llenos de heces, cortar a tajos los miembros y serrar grandes trozos de sus músculos. Pero las decenas de miles de sacrificios de animales que se producen cada día están ocultos a nuestra vista: es un proceso industrial sin sentimientos, sierras eléctricas chirriando todo el día y cadáveres abiertos en canal colgando de enormes ganchos cada minuto, ojos muertos de mirada fija y cabezas erizadas separándose del cuello cuando las sierras las cortan con un momentáneo alarido. Una visión infernal para el ojo no acostumbrado, y una exhortación para la conciencia cuando uno ha captado plenamente su significado.

¡Qué extraño resulta que procesemos a alguien por ser cruel con un animal, incluso con un cerdo o una vaca, pero que luego no establezcamos conexión alguna entre este hecho y eso que nos sirven caliente en la mesa, con toda su sangre, tripas, crueldad, injusticia y riesgo para la salud ocultos bajo la apariencia de un poco de suculento jugo de carne!

Escrito por Anthony C. Grayling

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tupenda 04/27/2015 00:17

He puesto un enlace en mi web de este sitio, siempre que no tengas inconveniente…
gracias por estar ahí!
http://centraldeanotaciones.wordpress.com/

Levemente 07/19/2012 18:50

En India no hace falta. Allí incluso están endiosadas :-D

Amkiel 07/21/2012 09:26



En la India no acaban con lo que adoran, a diferencia de Occidente.



Carmen Neke 07/15/2012 13:37

Es perfectamente posible disfrutar del consumo de animales sacrificados por uno mismo, es lo que ha venido haciendo el ser humano en su faceta más animal a lo largo de toda su existencia.

Amkiel 07/18/2012 22:16



Uf, cuánto trabajo; si hubiese que sacrificar personalmente a todo bicho que nos comemos la mayoría nos haríamos vagotarianos.



Levemente 07/15/2012 13:07

Ayer escuché decir que los terroristas deshumanizan a su víctima antes de disparar, o colocar la bomba. Y que no son capaces de mirar a los ojos de la misma porque entonces caería su defensa mental
y se correría el riesgo de no poder acabar "la operación con éxito", ya que se podría desactivar su mecanismo-programación y volverían a humanizarla, y/o habría que asumir lo que verdaderamente se
ha hecho, en el caso de tener que enfrentarse a familiares de los asesinados a posteriori. Sucede algo parecido en relación al contenido de tu entrada. Mientras no veamos el sufrimiento previo de
los animales, mientras no seamos los ejecutores... podremos disfrutarles en la mesa. Les desanimalizamos. Y aún les llamamos bestias.

Amkiel 07/18/2012 22:15



Hay que humanizar a las vacas.



Carmen Neke 07/02/2012 08:43

El único argumento válido en favor del vegetarianismo es el moral individual de cada uno. Querer imponer tu propia moral a los demás es el principio del fundamentalismo.

Amkiel 07/08/2012 20:49



Salvo que hubiese un consenso al estilo de los derechos del hombre.