Triste y feo mercado

Publicado en 22 Agosto 2010

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Reconozco gustoso que desplazar el poder de la tierra y la aristocracia al dinero y la burguesía fue en su momento una hazaña histórica positiva. Pero la historia ha continuado y ahora exige reemplazar tal sistema porque el mercado ha cumplido su misión de liberar las fuerzas técnicas, detenidas entonces por otros intereses. Hoy [año 1978] el problema es distinto: consiste en someter esas fuerzas al servicio de la humanidad y no al del pequeño grupo poseedor de los instrumentos que permiten aprovecharlas.
 
Bastaría esa necesidad ética para rechazar la omnipotencia del dinero en el sistema. Pero hay, además, muchas necesidades vitales. En aspectos no económicos, el mercado tiene pocos atractivos que ofrecernos. Mientras el sistema capitalista empujaba a la historia, sirvió también al hombre estimulando las artes y el pensamiento. Pero desde que empezó a resultar un freno, ¡qué impotencia la suya para la belleza y la vida! Podemos comprobarlo con un gran experimento de la historia. Justamente el año en que cumple su bicentenario el libro fundamental de Adam Smith se conmemora también el de Estados Unidos. Pues bien, ¿qué ha dado de sí, para nuestro vivir y en comparación con otras culturas, ese coloso paradigmático del capitalismo tardío? Hasta el cine y el jazz le han venido de fuera; y no digamos el automóvil, la astronáutica o la bomba atómica. Sinceramente, ¿cuánto perdería más la humanidad: amputándole esos doscientos años o borrando solamente cien de la pequeña Atenas, de la Florencia de los Médicis, de la Venecia vivaldiana, el mundo germánico del siglo XVIII o el siglo V de Confucio y Buda? Para algunos son los romanos de hoy; pero Roma creó nuestro derecho. Eso sí, han potenciado el mercado; han inventado el gadget: eso que no sirve para nada y se vende por millones de unidades.
 
En conclusión, se escamotea el poder para dejárselo al mercado sin que se note. Se ceden las decisiones al dinero, y ¿qué cabe esperar de él? Tan sólo más dinero, y para sí mismo. No le interesa la condición de las cosas, pues, como observó bien Marx, el mercado transforma todo bien en mercancía. La fragancia de la rosa, el filo de la espada, la magia de la sonata, el paladeo del pan no son para el mercader sino lo que se paga por ello. Y todo lo no vendible, como la luna (por ahora), el horizonte o la generosidad, queda fuera de consideración; salvo que se convierta en vendible y, como el amor, deje así de ser lo que era. En fin, el mercado es el gran corruptor. De cosas y de valores. Del pobre, obligándole a sacrificar su vida al dinero. Hasta del rico porque le reduce a ser su propio administrador, como dijo no recuerdo qué Santo Padre de la Iglesia, en los tiempos en que aún había tal clase de personas.
 
Aunque todo eso lo saben los estudiosos, cuando se hacen economistas convencionales han decidido creerse que, no obstante, la competencia lucrativa y el egoísmo general llevan a la prosperidad colectiva, como en el famoso pasaje smithiano de la «mano invisible». Deciden creerlo, aunque sus propias estadísticas les muestran cómo se agranda el foso entre pobres y ricos en el mundo. Aunque sepamos que el progreso depende del hombre mismo —no del dinero— y veamos cada día que el mercado no mejora al hombre. ¿Confiar al dinero las decisiones sobre nuestro vivir? Sólo podrá estar conforme quien tenga el dinero, porque equivaldrá a decidir él.
 
Eso pudo ser útil cuando los del dinero encarnaban el motor histórico, pero ya no. Ha terminado la era smithiana en que el orden nacional resulta de integrar los intereses individuales en el mercado; como ha concluido también su casi coetánea era de Clausewitz, con su orden mundial resultante de los conflictos permanentes entre soberanías estatales supremas.

Escrito por José Luis Sampedro

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