Tres hombres en una barca [fragmento]

Publicado en 8 Julio 2010

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Eramos cuatro: George, William Samuel Harris, yo y Montmorency. Estábamos sentados en mi habitación, fumando y charlando sobre lo malos que nos encontrábamos... malos desde un punto de vista médico, naturalmente.
 
Todos nos sentíamos enfermos, lo que nos estaba poniendo bastante nerviosos. Harris dijo que a veces le daban unos mareos tan extraordinarios que apenas sabía lo que hacía, y después George dijo que también él tenía mareos y apenas sabía lo que hacía. En mi caso, lo que no funcionaba era el hígado. Sabía que el hígado no me funcionaba porque acababa de leer un prospecto de píldoras hepáticas donde se detallaban los diversos síntomas que permiten apercibirse del mal funcionamiento del hígado. Yo los tenía todos.
 
Aunque parezca realmente extraordinario, jamás he leído un prospecto farmacéutico sin llegar inevitablemente a la conclusión de que padezco de la enfermedad allí descrita, y en su forma más virulenta. El diagnóstico parece coincidir, sin excepción y exactamente, con todas las sensaciones que he sentido alguna vez en la vida.
 
Recuerdo que un día fui al Museo Británico para leer algo sobre el tratamiento de un ligero achaque que me afectaba... creo que era fiebre del heno. Bajé el libro y leí cuanto tenía que leer; y después, irreflexiblemente, lo hojeé descuidado y empecé a estudiar con indolencia las enfermedades en general. No recuerdo cuál fue la primera dolencia donde me sumergí —sin duda algún temible y devastador azote— pero, antes de haber llegado a la mitad de la lista de «síntomas premonitorios», supe sin lugar a dudas que la había contraído.
 
Me quedé unos instantes paralizado de horror. Después, con la indiferencia propia de la desesperación, seguí pasando páginas. Llegué a la fiebre tifoidea, leí los síntomas, descubrí que tenía fiebre tifoidea, que debía tenerla desde hacía meses sin saberlo. Me pregunté qué más tendría. Llegué al baile de San Vito; descubrí, como ya esperaba, que también lo tenía. Empecé a interesarme por mi caso y, decidido a investigarlo a fondo, inicié un estudio por orden alfabético. Observé que estaba contrayendo la malaria, cuyo estado crítico sobrevendría en un par de semanas. Constaté aliviado que padecía la enfermedad de Bright sólo en forma benévola y que, en lo que a ello tocaba, me quedaban muchos años de vida. Tenía el cólera, con complicaciones graves, y parece que había nacido con difteria. Recorrí concienzudamente las veintiséis letras para llegar a la conclusión de que la única enfermedad que no padecía era la rodilla de fregona.
 
Esto me irritó en un primer momento. Parecía, en cierto modo, una especie de menosprecio. ¿Por qué no tenía rodilla de fregona? ¿Por qué tan odiosa salvedad? Al rato, sin embargo, se impusieron sentimientos menos egoístas. Recordé que tenía todas las demás enfermedades conocidas por la farmacología, mi egoísmo cedió y decidí arreglármelas sin rodilla de fregona. Parecía que la gota, en su estadio más maligno, se había apoderado de mí sin que yo me diera cuenta, y era evidente que sufría zimosis desde la más temprana infancia. Después de zimosis no había más enfermedades, por lo que concluí que ya no me ocurría nada más.
 
Ponderé el asunto. Pensé que debía ser un caso bien interesante desde el punto de vista médico. ¡Menuda adquisición para una clase! Si contaran conmigo, los estudiantes no necesitarían ya hacer práctica hospitalaria. Yo era un hospital en mí mismo. Todo lo que tenían que hacer era dar una vuelta a mi alrededor y después recoger el diploma.
 
Entonces me pregunté cuánto tiempo me quedaría de vida. Traté de examinarme. Me tomé el pulso. Al principio no sentí ningún pulso. Después, de pronto, me pareció que echaba a andar. Saqué el reloj y lo medí. Ciento cuarenta y siete pulsaciones por minuto. Traté de sentirme el corazón. No sentí el corazón. Había dejado de latir. Con el paso del tiempo he sido inducido a la opinión de que tenía que estar ahí y de que tenía que estar latiendo, pero no puedo asegurarlo. Me palpé todo el frente, desde lo que llamo la cintura hasta la cabeza, un poquito por cada lado y un poquito por la espalda. Pero no oí ni sentí nada. Traté de mirarme la lengua. La saqué todo lo que pude, cerré un ojo y traté de examinarla con el otro. Sólo alcancé a ver la punta, y lo único que saqué en limpio fue convencerme con mayor seguridad que antes de que tenía escarlatina.
 
Había entrado en aquella sala de lectura caminando como un hombre sano y optimista. Salí arrastrándome, convertido en una ruina decrépita.
 
Acudí a mi médico. Es un viejo amigo, que me toma el pulso, me mira la lengua y habla del tiempo, sin cobrarme nada, cuando se me mete en la cabeza que estoy enfermo, así que pensé que le haría un favor presentándome en esas condiciones. Lo que necesita un médico, pensé, es práctica. Puede contar conmigo. Conmigo podrá practicar más que con mil setecientos de sus enfermos comunes y corrientes, que no tienen cada uno más de una o dos enfermedades. Así que fui directamente a verle, y me dijo:
 
—Bueno, ¿qué te pasa?
 
Yo dije:
 
—No pretendo malgastar tu tiempo, camarada, contándote lo que me ocurre. La vida es breve, y podrías morir antes de que yo terminase. Pero sí te diré lo que no me pasa. No tengo rodilla de fregona. No puedo decirte por qué no tengo rodilla de fregona, pero el caso es que así es. Tengo, sin embargo, todo lo demás.
 
Y le conté cómo lo había descubierto.
 
Me hizo desvestirme y me examinó, me cogió por la muñeca y después me golpeó en el pecho cuando menos lo esperaba —una acción cobarde, en mi opinión— e inmediatamente después me embistió con un lado de la cabeza. Terminado esto, se sentó, escribió una receta, la plegó y me la entregó. Me la metí en el bolsillo y me fui.
 
No la abrí. La llevé a la botica más cercana y la entregué. El boticario la leyó y me la devolvió.
 
Me dijo que no podía atenderme.
 
Yo dije:
 
—¿No es usted farmacéutico?
 
Él dijo:
 
—Soy farmacéutico. Si fuera una combinación de almacén de cooperativa y hotel de familia quizás podría ayudarle. El ser sólo farmacéutico me lo impide.
 
Leí la receta. Decía lo siguiente:
 
1 libra de bistec, con
1 pinta de cerveza amarga cada seis horas.
1 paseo de diez millas todas las mañanas.
1 cama a las once en punto cada noche.
Y no te llenes la cabeza de cosas que no entiendes.

 
Seguí las instrucciones, lo que felizmente —desde mi punto de vista— resultó en la preservación de mi vida, que aún sigue en marcha.

Escrito por Jerome K. Jerome

Etiquetado en #LITERATURA

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Levemente 08/30/2010 21:15


http://a.imageshack.us/img837/5333/55074766.gif


Amkiel 09/01/2010 21:23



:0034:



Levemente 08/29/2010 17:58


Rupestre, no, no...
http://a.imageshack.us/img841/3999/86684141.gif


Amkiel 08/30/2010 20:04



:0025:



Levemente 08/27/2010 22:02


http://a.imageshack.us/img405/5703/65468183.gif


Amkiel 08/28/2010 18:05



emoticono rupestre (clicka)



Levemente 08/23/2010 16:53


http://a.imageshack.us/img840/6454/45510604.gif


Amkiel 08/26/2010 19:11



:0108:



Levemente 08/21/2010 22:04


Dime quién ha sio' que me lo como... ¡ÑAM!


Amkiel 08/22/2010 19:17



:0058:



Levemente 08/20/2010 22:20


Una recibiendo bazookazos y otro besos a tutiplén... ¡cuánto desequilibrio!

¡Y qué enchufao'!


Amkiel 08/21/2010 21:24



No siempre: :0063:



Levemente 08/19/2010 23:11


;-DDDDD


Amkiel 08/20/2010 21:43



Yo también estoy en medio: :0069:



Levemente 08/14/2010 21:42


Mi parte oriental y mi parte occidental últimamente tienen debates al respecto. Cada una defiende lo suyo y no se ponen de acuerdo. ¡Y yo en medio!... pues sí queeeeee...


Amkiel 08/15/2010 17:00



:0105::0075::0033:



Levemente 08/12/2010 18:03


Cuando las expectativas son elevadas, ocurre con demasiada frecuencia que no se cumplen las esperanzas que las dibujan y en cambio Doña Decepción perfila el resultado. En fin… c’est la vie.

Gracias por tus recomendaciones. Tomo nota… ¡pero no sé pa’ cuando! Su lectura digo.


Amkiel 08/12/2010 20:03



Por eso mismo no hay que esperar demasiado de la vida.



Levemente 08/08/2010 09:51


Reconozco a Leve Darth Vader (¡qué pericia en el manejo de la espada láser, qué elegancia, qué gracejo!… ) pero me pregunto quién será el peloncete que no le queda a la zaga… ¡menudos saltos!

Ahora un poco más en serio… me divierte mucho que empecemos comentando sobre algo del texto que publiques y de ahí saltemos a Japón, luego a Pernambuco, pasemos por las antípodas e incluso
aterricemos en Ganímedes. De hecho este comentarioencuentro en la tercera fase que hemos tenido, es probablemente el que más risas me ha arrancado, literalmente. Igual es que estoy en un… “momento
extraterrestre”.

No sé qué cifra vital será la tuya pero te ubico en mi quinta, o puede incluso que llegases al mundo algunos años antes que yo (entra dentro de las posibles posibilidades justo lo contrario, je).
Si así fue, pues “ser de otra época” haría que no se comprendiese del todo, un lector como vos no debiera haberse perdido “Sin noticias de Gurb”, de Eduardo Mendoza. Sin duda el primer libro
verdaderamente hilarante con el que me topé que supuso un ja-ji-ju-jo-ja constante. E ineludiblemente lo he tenido que rescatar y aunque ya no es como aquella primera vez… ¡que me quiten lo
bailao’… digo lo reído! :-D


Amkiel 08/08/2010 17:36



Me habían hablado tan bien de "Sin noticias de Gurb" que, cuando lo leí, me decepcionó un poco, aunque lo pasé bien leyéndolo. Y puestos a recomendar hilaridad, he aquí dos novelas perfectas:
"Happiness" de Will Ferguson o "Trampa 22" de Joseph Heller. La primera va de qué pasaría si se publicase el libro de autoayuda perfecto, es decir, que funcionase de verdad. La segunda es humor
antimilitar de hace unos añitos pero que sigue plenamente vigente.
:0079:



Levemente 07/14/2010 22:41


Que sepas que por poco fenezco porque el cóctel ingesta de cerezas + descubrimiento de la abducción móvil, con su correspondiente ja-ju-ji-jo-ja-ji-jo, casi me ahoga.

Que sepas, también, que te agradezco el atacoide inesperado de risa. Eres un solete ;-)

Por cierto, ahora Stephen Hawking afirma que es lógico aceptar la existencia de vida inteligente fuera de la Tierra, pero que más le vale al ser humano evitar el contacto con la susodicha porque
tiene pinta de hostil que pa’ qué.


Amkiel 08/07/2010 17:56



:0051:



Levemente 07/13/2010 17:31


¡Tierra llamando a Raticulín... Tierra llamando a Raticulín!... ¿C.J... más conocido como Carlos Jesús?... ¡Fiuuu, fiuuuu!... Si afirmativo... ¿es cierto que la fe mueve montañas... de dinero? Si
afirmativo (de nuevo)... ¿confirmas que las siguientes declaraciones que se te atribuyen realmente son tuyas: “Jos míos... yo he visto cosas que vosotros no creeríais... He pastado con cabras y
llamas más allá de Orión. He visto Rayos-PP en la calle Génova, cerca de la puerta de mi casa. Todos esos momentos... se perderán en el tiempo... como yo con la pasta de vuestros bolsillos... Es
hora de cobrarlos”. Si afirmativo (una vez más)... ahora sé porqué parece gustarte el universal universo, con sus planetas, y sus novas, y sus vejas, y...

A propósito... peace and love.

(¡Dibujitos móviles en los comentarios… menudo nivel! Se me ocurren otro par de personajillos)


Amkiel 07/14/2010 20:47



:0060:



Levemente 07/11/2010 17:13


;-)


Amkiel 07/12/2010 20:47



:0026:



Levemente 07/10/2010 11:42


“No pretendo malgastar tu tiempo, camarada, contándote lo que me ocurre. La vida es breve, y podrías morir antes de que yo terminase. Pero sí te diré lo que no me pasa. No tengo rodilla de
fregona. No puedo decirte por qué no tengo rodilla de fregona, pero el caso es que así es. Tengo, sin embargo, todo lo demás”… jua, jua, jua… el texto, y en concreto este pasaje, claro ejemplo,
a mi entender, de lo que es un humor inteligente.

Y saludable, por supuesto :-)


Amkiel 07/11/2010 15:53



El humor inteligente requiere de público ídem para apreciarlo.