Sucedió en Bosnia... [fragmento]

Publicado en 26 Agosto 2010

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—Sucedió en Bosnia, al poco tiempo de llegar nuestras fuerzas. Cuando tomó posiciones nuestra agrupación en Mostar era invierno, había corrido mucha sangre y lo que era peor, un sinfín de horrores, que a grandes rasgos habéis leído en la prensa o entrevisto en la tele; poco a poco —continuó— nuestra zona se iba estabilizando a base de sangre, incluida la española; los legionarios, que nos habían precedido, se mordían los puños de rabia viendo caer a compañeros sin poder intervenir; malas lenguas hablaban de una degollina de un puesto avanzado de croatas en una noche sin luna, negra como la boca de un lobo, una noche de granadas de mano y cuchillos largos; algo se cuenta allí de españoles que hablaban árabe...; en fin, una calle en la zona musulmana se llama de Melilla; si algo hay de cierto es la simpatía con que los musulmanes nos tratan desde aquellas fechas.
 
Dejó caer un ambiguo gesto que tanto podía ser de complicidad como de escepticismo.
 
—Como sabéis —continuó— a nosotros nos toca vigilar el alto el fuego entre croatas y musulmanes en Mostar y la ruta del río Neretva; Mostar si no fuese por la guerra sería un hermoso lugar —y el coronel levantó los ojos mientras expulsaba una bocanada de humo con un gesto de estudiada ensoñación.
 
—Aún con los destrozos de la guerra, ¡imaginad una ciudad como la nuestra en la que el puente viejo separara cada sector y que se hubieran tirado de todo!, pensad en el Espolón, a cada lado del paseo un sector y el bulevar en medio; tras los partidos de baloncesto se insultaban y se apedreaban por tradición, al día siguiente no pasaba nada; pero cuando empezó el “cacao” se bombardeaban con impactos directos a menos de cien metros, un desastre...; se habla de los servios, pero en Mostar los croatas se las hicieron de todos los colores a los musulmanes; tardarán décadas en curarse esas heridas y lo peor es que han sido unos vecinos, unos amigos los que han violado, quemado, asesinado a otros...; ahora Mostar es otro Berlín, con dos sectores separados por un río y el bulevar de los muertos vivientes, porque alguno de sus habitantes enloquecidos por tanta barbarie se lanzaban al centro de la avenida solo esperando el disparo de los francotiradores. Las Naciones Unidas han puesto un administrador general, el Alcaldón le llamábamos, un alemán para que ponga orden en aquel sinsentido, y a nosotros en medio de unos tíos que querían seguir entrematándose; poco a poco la nueva federación va haciéndose una realidad, pero en Mostar cualquier chispazo puede degenerar en unos minutos en un nuevo pandemonium, todos están armados hasta los dientes... Entre nuestras misiones en Mostar —continuó— se encontraba el abastecimiento del hospital, a donde a los pocos días de nuestra llegada nos condujo el propio Alcaldón para presentarnos a los responsables. Allí se presentó a mí un joven de unos veinticinco años que decía ser el enlace entre nuestra unidad y el centro hospitalario; nos habían asignado a un judío sefardita, Rubén Peñaloza se llamaba o se llama, que nada he vuelto a saber de él. Era un tipo extraordinario. Hasta la llegada de la guerra era el bibliotecario de la sinagoga de Mostar y jamás he conocido a nadie como él tan amante de su patria en el exilio: Sefarad. Era la palabra que acudía a su boca a cada instante, nunca decía España; era de esos judíos que durante generaciones han soñado con volver a la tierra de sus antepasados y tienen toda la historia de su pueblo en el negro de la uña del dedo meñique. ¡Cuánto tenemos que aprender de ellos! Pasé con él momentos maravillosos hablando de Historia, de la historia cercana y lejana y aprendí todos los matices de la palabra tolerancia, algo que nos faltó en otro tiempo a los españoles y nos sigue, para nuestra desgracia, faltando con demasiada frecuencia.
 
En una de aquellas tardes, los dos bastante chispos por el licor de rakí, un aguardiente de frambuesas, de origen español que Rubén destilaba y que nos recordaba a ambos nuestra tierra lejana, me contó su tragedia particular:
 
—Yo he perdido a toda mi familia en esta guerra —dijo sombrío—, sólo me queda mi mujer y mi suegra. Ahora que tanto se habla de los mártires de la independencia, yo tengo unos cuantos en mi lista... pero no es de ellos de quienes quiero hablarle. Es sabido que los judíos nos casamos jóvenes, yo lo hice con una mujer de mi religión, de familia askenazi; tuvimos una hija a quien debemos la vida, muerta a los quince meses de nacer.
 
Veo en su rostro —continuó ante mi sorpresa— la pregunta de cómo una criatura inocente ha podido salvarnos; yo también, no sólo me asombro, sino que cada vez que recuerdo aquella noche siento que debería haber sido yo quien muriera en su lugar; de su madre, mi mujer, diré que un nuevo embarazo ha llenado su vida de esperanza; pero hay otra persona en este infierno dantesco que sufre tanto que casi ha perdido la razón y que si no hacemos algo también ella perecerá como esta tierra. Es la abuela. Azuba Jehú se llama y era la poetisa más importante de Yugoslavia; desde aquella noche no ha vuelto a escribir un verso...
 
En aquella noche de agosto —su voz era un susurro—, en menos de diez horas, murieron más de cinco mil personas por el delito de vivir en el sector musulmán; se asesinaron ancianos y mujeres; los croatas violaron niñas, madres y hasta las monjas de un convento, ¡ellos... tan católicos!, ¡qué proezas las de los fascistas del VHO! ¡Y yo lo vi todo!, ¡vi a los enfermos salir del lecho de su agonía con las armas en la mano para defenderse de... su compañero de trabajo con quien comía en la misma mesa de la misma fábrica!, juntos animaban al Vélez Mostar en la misma grada un mes antes; yo vi a una mujer degollada y a su lado a su hijo que mamaba todavía del pecho de la madre moribunda; ¡yo vi la violación ante el marido que pedía la muerte y el suicidio como única salvación ante la insoportable desesperación!
 
Mi padre, mis hermanos murieron aquella noche de tristísima memoria. ¡Felices ellos que no viven el infierno que cada día nos toca soportar con el recuerdo!; ¡no, la sangre no se seca, ni se secará tan pronto como quieren los mercaderes del mundo, los mismos que alentaron el odio y se lucraron vendiendo las armas y ahora miran a otro lado para no ver la sangre derramada!
 
Toda la tarde —continuó— luché en el bulevar hasta que herido en el pecho y en el brazo quedé inútil para el combate; curado de urgencia, tuve tiempo para contemplar con horror como los croatas destruían nuestras últimas defensas y comenzaban casa por casa una carnicería tan salvaje como infame...: desesperado corrí a la búsqueda de mi mujer y mi hija que se encontraban en casa de mi suegra; pero ya llegaban... y ellas, corroídas por la desesperación se encontraban en el balcón oteando mi llegada, arriesgando su vida con la esperanza de verme; pero ellos ya me habían visto; el miedo me ofuscó el pensamiento y en lugar de seguir hasta que me hubieran matado, entré en la casa y con ello denuncié la presencia de los míos. Oí los golpes, los disparos en las cerraduras, el rugido salvaje de la turba ansiosa de sangre...
 
La casa, un antiguo palacete, era un dédalo de puertas, pasadizos y alturas que momentáneamente despistó a nuestros perseguidores. La madre de Rebeca llevaba en brazos a nuestra hija, mientras mi mujer cerraba pestillos, llaves y cerrojos de las estancias que dejábamos atrás, yo abría la marcha alumbrado por una linterna tratando de guiarlas por un pasadizo oculto que conducía desde el jardín hasta un aljibe profundísimo que estaba vacío a causa de la sequía. Aquella cisterna moruna tendría un suelo de unos veinte metros y se accedía a él por una empinada rampa subterránea; angostándose sus paredes hacían el embudo de una chimenea que terminaba en un pozo en el centro del jardín; este pozo tenía su brocal y su roldana pendiente de un arco de hierro para sacar agua por medio de cubos que caían hasta el fondo.
 
Dentro del aljibe —su voz era un sollozo— amparados por la profundidad y la noche, podíamos salvarnos los cuatro; ya comenzábamos a sentirlo...; nadie podía imaginar que existiese un lugar así; desde arriba, la cisterna semejaba un simple pozo, como tantos otros; nuestros perseguidores pensarían que habíamos ganado nuestra salvación huyendo por los tejados más próximos...
 
Así lo oímos, entre imprecaciones y juramentos, mientras tomaban nuevos alientos, esparcidos por el jardín; nos considerábamos a salvo. Mi mujer me vendaba la herida con un trozo de su vestido, mientras la abuela dormía contra su pecho a nuestra hija, que inocente de cuanto ocurría en torno, sonreía con la despreocupación propia de una infancia confiada, mientras yo tiritando del frío por la calentura me consideraba feliz y sonreía pensando que junto a mí estaba lo que más quería...
 
De repente, ensordecidos, nos percatamos con horror de que nuestros perseguidores devorados por la sed y la sangre de tanta degollina, intentaban sacar agua del pozo; otra vez la angustia, ahora centuplicada, se apoderó de nosotros; vimos el cubo tolondronear por las resecas paredes y golpear estrepitosamente contra el suelo. No nos atrevíamos a respirar; el cubo volvió a subir.
 
—Seco, está seco —oímos.
 
—En la casa habrá agua —exclamó uno.
 
—¡Ya se marchan! —suspiramos.
 
—¿Y si estuvieran ahí abajo? —exclamó una voz que nos petrificó. Era la voz de quien había sido hasta pocos meses antes de la guerra nuestro vecino, Amed, un renegado, de quien se decía, cierto era, que luchaba en el bando croata. ¡Un vecino que había compartido alegrías y penas con nosotros, era quien nos perdía!
 
—¡Imposible! —respondió otra voz con empaque de jefe, mientras barría el estrecho cilindro del pozo el haz de una linterna—. No hubieran podido descolgarse tan pronto por estas paredes tan lisas.
 
De nuevo la esperanza mezclada con el miedo se apoderaba de nosotros; ¡cuál sería nuestro estado mientras veíamos moverse las sombras de aquellos criminales reflejadas en el redondel de luz cenital pintada en el fondo seco del pozo!; el tiempo parecía haberse detenido y cada instante en el deseo de su marcha nos parecía un siglo.
 
—¡Y entonces mi hija rompió a llorar! —gritó— pero apenas había lanzado el primer plañido, cuando la abuela sofocó contra su pecho la cabeza de la niña.
 
—¿Oís? —de nuevo la ominosa voz del renegado retumbó contra las pétreas paredes de la chimenea.
 
—Yo no he oído nada —respondió otra voz.
 
—¡Callad! —la imperiosa voz impuso el silencio a la horda de asesinos, mientras sus ojos taladraban ansiosamente la oscuridad. Pasaron los tres minutos más horribles de mi vida. Mi hija pugnaba por llorar, pero mi suegra más le apretaba cuanto más se enfurecía y a sus pataditas respondía con un abrazo más cerrado.
 
—No se oyó el más leve suspiro, aunque de nuestros ojos brotaban lágrimas más amargas que la hiel.
 
—Habrá sido el eco —exclamó el jefe retirándose.
 
—¡Será! —sonó con reluctancia la voz del renegado, mientras arrojaba con rabia el cubo que cayó con estrépito a mis pies.
 
Todos se fueron con un crepitar de voces, aceros y pasos sobre la gravilla que poco a poco se fue apagando para dar paso al silencio.
 
Durante largo tiempo no nos movimos, éramos sabedores de la tragedia que ya no nos abandonaría nunca. Habíamos salvado la vida per mi hija ya no alentaba en brazos de su abuela que gemía sordamente con un llanto incontenible.
 
—Sefarad, ahora sabe usted su nombre, no lloraba, ya no podía luchar más...

Escrito por Fernando Bartolomé Benito

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Mariona 09/02/2010 00:30


Oh... me he quedado impactada al leer esto, se me erizan las neuronas. Me cuesta asimilar tanta sordidez... tanto sin sentido.


Amkiel 09/02/2010 20:56



La guerra siempre tiene sentido o, más bien, tiene dos sentidos: uno por cada contendiente, ambos en sentido opuesto y una misma dirección: aniquilarse.



Levemente 08/27/2010 22:17


Qué locura... qué negrura... qué tortura :'(


Amkiel 08/28/2010 18:16



Una guerra nunca termina para sus supervivientes.