Sobre la retórica

Publicado en 23 Octubre 2009

La elocuencia es la capacidad de suscitar en otros nuestra opinión de una cosa o nuestro ánimo hacia ella, de excitar en ellos nuestro sentimiento hacia la misma y ponerlos así en estado de simpatía hacia nosotros; mas todo ello lo conseguimos conduciendo hasta su mente por medio de palabras la corriente de nuestro pensamiento, con tal fuerza que desvíe el suyo propio del curso que ya ha tomado y lo arrastre en su marcha. Esa obra maestra será tanto mayor cuanto más se aparte el anterior curso de sus pensamientos del nuestro. A partir de aquí resulta fácilmente comprensible por qué la propia convicción y la pasión nos hacen más elocuentes y por qué, en general, la elocuencia es más un don de la naturaleza que una obra del arte: sin embargo, también aquí el arte ayuda a la naturaleza.

Para convencer a otro de una verdad opuesta a un error consolidado en él, la primera regla a seguir es fácil y natural: poner por delante las premisas y luego la conclusión. Sin embargo, raras veces se observa esta regla, sino que se procede al contrario; porque el celo, la precipitación y el ergotismo nos empujan a proferir la conclusión en voz alta y estridente, en contra de quien sostiene los errores contrarios. Eso le desconcierta fácilmente y entonces él opone su voluntad contra todas las razones y premisas, que sabe ya a qué conclusión llevan. Por eso se debe más bien mantener la conclusión totalmente oculta y presentar únicamente las premisas de forma clara, completa e íntegra. Cuando sea posible, no se debe siquiera formular la conclusión: esta comparecerá por sí misma en la razón de los oyentes de manera necesaria y legal, y la convicción que así nazca en ellos será tanto más franca y estará además acompañada del sentimiento de la propia dignidad en lugar de la vergüenza. En los casos difíciles se puede incluso fingir que se pretende llegar a una conclusión totalmente opuesta a la que realmente se pretende. Una muestra de este tipo es el famoso discurso de Antonio en el Julio César de Shakespeare.

Al defender un asunto, muchos cometen el fallo de aducir con toda confianza cualquier cosa imaginable que se pueda decir en su favor, mezclando lo verdadero, lo verdadero a medias y lo meramente aparente. Pero lo falso se reconoce en seguida, o al menos se siente, y entonces se sospecha también de lo bien fundado y verdadero que se ha expuesto a la vez: así pues, hay que ofrecer pura y exclusivamente esto último, guardándose de defender una verdad con razones insuficientes y por ello, en cuanto planteadas como suficientes, sofísticas: pues el adversario las derriba, y así le parece haber derribado también la verdad apoyada en ellas: es decir, hace valer los argumenta ad hominem [argumentos dirigidos a la persona] como argumenta ad rem [argumentos dirigidos al asunto]. Quizás los chinos lleguen demasiado lejos en el otro sentido, al mantener el siguiente dicho: «El que es elocuente y tiene una lengua afilada, puede siempre dejar la mitad de una frase sin pronunciar; y quien tiene la razón de su parte, puede ceder confiadamente las tres décimas partes de su afirmación».

Escrito por Arthur Schopenhauer

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Mariona 10/26/2009 22:27


No, no está reñido. Yo me refería a mi, exclusivamente. De los demás cada uno sabrá...
En los textos encuentro expresados los pensamientos que tengo y que no se expresar con las palabras...(aunque a veces son las palabras las que descubren a mis pensamientos).
Gracias por ofrecernos tu selección...


Amkiel 10/27/2009 19:52


De los demás cada uno sabe lo que de los demás tiene cada uno.


Mariona 10/25/2009 09:10


Desde luego no tengo la habilidad, que no virtud, del uso de las palabras... por eso leo y me impresiono aún.

(Solo era una sugerencia, para mi interesante...)


Amkiel 10/25/2009 21:10


Quisiera creer que no está reñido el leer e impresionarse con el hablar y ser entendido, o sería mudo.


Mariona 10/24/2009 00:56


Me gustó leer este texto...y la fotografía también. Que gran virtud la elocuencia y que mal se usa, a veces!!!

(¿Pq no indicas de donde los extraes, además del autor?, ¿quizás no se puede? Bueno, en todo caso gracias por colgar artículos o fragmentos tan interesantes).


Amkiel 10/24/2009 22:47


La elocuencia sólo es una habilidad, por lo que será virtud si se usa con fines virtuosos.

(El panfleto surgió de mi afición a copiar textos que me habían impresionado, por cualquier motivo, siempre subjetivo. Y quizás no he apuntado nunca las fuentes porque, simplemente, no me
importan.)