· Nada ·

Publicado en 26 Marzo 2014

Nada.jpgEra un domingo cualquiera, cuando todos aún dormían, que sucedió. Los más madrugadores fueron los primeros en verlo, aunque poco más tardó el resto del mundo en despertarse o, más bien, en ser despertado. No había calles. Las casas aparecían suspendidas sobre la nada más absoluta, un vacío negro, atroz, sin final aparente. La gente, asustada, se agolpaba en las ventanas y balcones sin atreverse a salir. Sin embargo, de repente, en una de las casitas más destartaladas por el paso de los años se entreabrió una puerta y, lentamente, asomó la cabeza una viejecita que todos tenían por adorable en aquel barrio. Miró alrededor con curiosidad y, para sorpresa de todos, en lugar de volver adentro, acabó de abrir la puerta y caminó hacia el exterior con un monedero en la mano. Titubeó al llegar a la nada que antes era acera, donde empezaba el vacío que mantenía su casa en vilo, como todas las demás. Pero dio un paso más, y otro, y otro, hasta cruzar al otro lado, donde estaba la panadería. Entró y compró una ensaimada "con mucho azúcar", pidió, ante la mirada atónita de la panadera. Entonces volvió a su casa de la misma manera, caminando sobre la nada. Cerró la puerta y se fue directa a la cocina a preparar la cafetera para el desayuno. Ella sabía que, en esta vida, no hay Nada que nos impida alcanzar aquello que de verdad deseamos. Pocas horas después volvían las calles, para consuelo de pusilánimes.

Escrito por Amkiel

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