La vida de Athanasius Kircher [fragmento]

Publicado en 29 Marzo 2013

La-vida-de-Athanasius-Kircher.jpgMolliter incepit pectus suum permulcere. Papillae horruere, et ego sub tunica turgescere mentulam sensi. Divaricata stolam adeo collegit ut madida feminum caro adscipi posset. Lingua mea in nobilissima os adacta, spiculum usque ad cor illi penetravit. Membra nostra humoribus rorabant, atque concinebant quasi sugentia. Modo intus macerabam modo cito retrahebam lubricum caulem. Scrotum meum ultro citroque iactabatur. Nobilis mulier cum crura trementia attolleret, suavissime olebat. Novenis ictibus alte penetrantibus singulos breves inserui. Pectoribus anhelantibus ambo gemebamus. Semen meum ad imam vaginam penetravit. (...) Tum pedes eius sublevandi ac sustinendi fuerunt humeris meis. Pene and posticum admoto, in reconditas ac fervidas latebras intimas impetum feci. Deinde cuniculum illius diu linxi, dum irrumo. Mingere autem volui: «O Caspar mi, voluptas mea, inquit, quantumcunque meis, tantum ore accipiam!»

 

[NOTA: Traducción en el primer comentario.]

Escrito por Caspar Schott

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Levemente 04/07/2013 11:05

Ahora entiendo el auténtico origen de la expresión: ¡Lagarto, lagarto! :-)

Amkiel 04/13/2013 10:05



Claro, viene del latín «¡Lagartus, lagartus! ¡Qué bonus ratus!». :-p



Mariona 03/31/2013 21:29

Ay, por un momento pensé que estaba en el penthouse...! ;-)

Amkiel 04/06/2013 11:14



Entonces habría que llamarlo panflethouse. :-p



Amkiel 03/29/2013 20:42

Comenzó a acariciarse los pechos voluptuosamente. Sus pezones se endurecieron, y sentí hincharse mi miembro debajo de la sotana. Abrió las piernas y se subió el vestido, para dejarme ver la carne
húmeda de sus muslos. Introduje mi lengua en la boca de la princesa, y mi dardo penetró en su corazón. Los humores chorreaban de nuestros miembros, que hacían un mismo ruido de succión. Dejaba
macerar en su interior mi verga escurridiza, para después saciarla de repente. Mis bolas se balanceaban de un lado a otro. La princesa levantaba sus piernas temblorosas, olía dulcísimamente. Por
cada nueve golpes profundos y penetrantes, daba uno corto y seco. Nuestros pechos jadeantes gemían al unísono. Mi simiente penetró hasta el fondo de la vagina. (...) Levanté sus pies y los puse
sobre mis hombros. Acerqué mi pene a su ano y lo empujé para que entrara en su recóndita y caliente guarida. Después la lamí largo rato mientras ella hacía lo mismo con mi miembro. Quería orinar:
«¡Oh, Caspar mío —dijo ella—, por más abundante que sea, mi boca quiere recibir tu micción!».