· La puerta ·

Publicado en 22 Marzo 2014

La-puerta.jpgEl arrendador le advirtió que esa puerta no se abría. No porque estuviese encallada o cerrada con llave y la llave perdida quién sabe dónde, pues nada había que lo impidiese, sino porque no se podía, debía, permitía, abrir; simplemente. Tampoco le preocupó en exceso, porque estaba en una pared exterior y, desde la ventana más próxima, sólo se veía la fachada. Supuso que sólo habría un tabique ciego, sin ningún espacio libre, pues no había sitio para más. Y se instaló sin importarle esa prohibición, más que nada porque no pretendía siquiera desobedecerla.

Esa misma noche escuchó un leve ruido tras la puerta, como de viento en el páramo. "Habrá corrientes", pensó. La segunda sintió como un chapoteo de algo indefinido avanzando lentamente por tierras pantanosas. "Ruido de tuberías, seguro", pensó, poco convencido. Al principio de la tercera noche escuchó unos sonidos guturales, como gruñidos de un animal desconocido, mientras unas garras arañaban la puerta desde fuera. Esa misma noche bajó al garaje e intentó dormir en el coche, sin éxito.

A la mañana siguiente, con la luz del Sol inundando la vivienda, se sintió con fuerzas para desentrañar el terrible misterio de la puerta, desobedeciendo así lo que poco antes había considerado poco menos que absurdo. Se acercó entonces a ella con sigilo y asió el pomo con mano temblorosa. Lo giró sin apenas dificultad y la abrió de golpe: Había un tabique, no podía ser de otra manera, y un post-it con la frase «la imaginación engendra monstruos».

Escrito por Amkiel

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