LA LECTURA BÁRBARA

Publicado en 23 Mayo 2010

Lectura-barbara.jpgLeer mal un texto es la cosa más fácil del mundo; la condición indispensable es no ser analfabeto. Una vez superada esa etapa, más cívica que intelectual, las posibilidades que se ofrecen para desmantelar, tergiversar e interpretar erróneamente una frase, una página, un ensayo o un libro son, no diré infinitas, pero sí numerosísimas. No pretendo ni agotarlas ni clasificarlas, tareas destinadas a eruditos pacíficos o a hombres seguramente geniales. Me conformo con enumerar algunas variedades exponiéndolas no por su rareza sino por su recurrencia. Nada de cisnes negros o tréboles extraños; más bien perros callejeros que trotan en grupo.

Abundan, por ejemplo, quienes reducen la lectura a la búsqueda nerviosa de la «conclusión», único sitio en el que se detienen, señalándola, por lo general, con algunas rayas victoriosas. La idea subyacente debe ser sin duda la de que todo el resto es un simulacro de argumentaciones y pruebas, una hojarasca inútil sin ninguna conexión con el final. Como si fuésemos víctimas de un ritual tedioso que obliga a escribir páginas y más páginas antes de llegar a las cinco o seis frases esenciales. Por consiguiente, sólo los ingenuos o los primerizos pierden el tiempo leyendo cuidadosamente todas y cada una de las palabras, sólo ellos postulan la quimera de que la conclusión se apoya en alguna otra parte. Almas blancas que deletrean con cuidado, temerosas de saltarse un renglón. El texto —déjense de cuentos— no es una estructura verbal compleja e interdependiente; es una mera excusa para introducir el parágrafo clave. Imagino que esta visión degradada de la lectura es la propia de quien está forzado a consumir la prosa burocrática, los innumerables informes, los proyectos, las disculpas, las peticiones. En ese remolino de letras quizá no haya otra manera de sobrevivir. Unos más, otros menos, todos hemos remado en esa galera y todos aprendimos a utilizar el famoso lápiz rojo. El desastre sobreviene cuando esos hábitos no son conscientes y actúan sobre un escrito que no se propone pedir un aumento o solicitar un préstamo o esbozar la solución de aquel problema tan espeluznante y tan urgente. Cuando eso sucede, se practica una lectura primitiva e injusta, disfrazada de eficacia y malicia y cuyo resultado es una triste comedia de equivocaciones, sorpresas y altanerías. Lectores mediocres para quienes el universo es una oficina y una página siempre es un oficio.

También existe el vicio contrario: leer las primeras seis o siete líneas y creerse autorizado a adivinar lo que sigue. Aquí opera de nuevo una imagen complaciente de sí mismo: la de una persona tan avezada en el mundo de las ideas que las primeras disposiciones tácticas son suficientes para prever todas las etapas sucesivas. Como un matemático que frente a unos axiomas supiera instantáneamente cuáles son los teoremas que pueden derivarse. Esa vanidad, en el fondo, se mezcla con una actitud pasiva y escéptica ante la labor cultural, una actitud que goza la posibilidad de que no haya nada nuevo bajo el sol. Segrega su egoísta y minúscula profecía amparado en la ilusión de que ya ha visto ése y cualquier otro espectáculo.

Muchas veces, sin embargo, la mala lectura es la consecuencia de la popularidad que alcanzan ciertos géneros. Cada cultura tiene sus preferidos. Entre nosotros se reparten los favores —apenas exagero— el libro de texto y el testimonio. Los dos contribuyen a configurar lo que podríamos llamar la «retórica del texto valioso», la cual codifica las propiedades que debe reunir un trabajo para que sea considerado importante, significativo, comprensible.

El libro de texto, desde el manualito sombrío hasta el vademécum oleoso, se beneficia de la convicción generalizada de que hay que aprender y, sobre todo, aprender rápido. La pedagogía lo redime y lo presenta como un instrumento necesario e indispensable en la lucha por la educación; si agregamos la creencia de que la educación conduce a un estadio superior —sea éste el que fuere—, estaremos a un paso de elevar el libro de texto a los altares ideológicos. Una vez allí, no hay quien lo empañe. Como por definición se dirigen a un público ignorante, es natural que sean simples, poco matizados y frecuentemente dogmáticos. Que en ocasiones sea difícil distinguirlos de un catecismo o de un recetario es algo que sólo asustará a los beatos de la cultura. Quien escribe un libro de texto se convierte en un misionero, un hombre que ha entendido que no es el caso —ahora— de cavilar sobre los misterios de la Trinidad. En cuanto al testimonio conviene, naturalmente, que sea político o, por lo menos, sociologizante, con una cierta profusión de palabras sagradas —dependencia, explotación, gorilas, tercer mundo, subdesarrollo, producto nacional bruto, etc.— y que además esté redactado en una forma tal que no quede la menor duda acerca de la indignación del autor. Es imprescindible que sea una denuncia, un alegato. Su aparente urgencia lo disculpa de cualquier compromiso teórico: una astucia puede pasar por una explicación, una tautología por un pensamiento sintético, una generalización vacua por una predicción, una correlación elemental se verá como un ejemplo de dialéctica viva y palpitante, la historia transformándose ante nuestros ojos. La relevancia, por otra parte, será mayor si describe no una calamidad antigua o constante, sino un acontecimiento efímero, pasajero, volátil. Lo que se vio, lo que se escuchó, lo que se vivió entre el 14 y el 25 de noviembre o durante la noche fatal del 13 de abril. Libros que, en la mayoría de los casos, magnifican sucesos mínimos, aportan datos triviales, nos quieren imponer conversaciones de sobremesa y ejercen el terrorismo de la espontaneidad. Género híbrido que participa del noticiero cinematográfico, la grabadora y el sermón.

El lector, aturdido por esos testigos y educado en esos compendios, se acostumbra a asociar ciertos temas con unos procedimientos estilísticos definidos. Así, los problemas políticos deben tratarse con una prosa didáctica, aséptica e informativa; la virtud suprema es la literalidad y el único adorno son las citas de los clásicos, esos beneméritos nunca suficientemente leídos. La repetición no es un defecto, sino una vieja sabiduría del aula. Para evitar confusiones es aconsejable no escribir a secas norteamericano; es mucho más claro decir «los imperialistas norteamericanos». También ayuda, cuando se menciona a la Unión Soviética, añadir «la patria del socialismo» o «revisionista» al hablar de Trotsky o «lacayo» si el tema es un presidente bananero. El otro tono admitido para las cuestiones políticas es la página violenta, pero siempre que se sujete —esto es lo esencial— a los adjetivos y a las figuras retóricas establecidas. La sátira y la ironía, esas armas tradicionales, suelen estar excluidas del arsenal local porque las confunden con la ambigüedad y con la indefinición. Para esos despistados habría que escribir como en un pentagrama, indicando, indicando con un garabato los momentos paródicos o los pasajes donde se intenta la burla; y quizá habría que emplear dos garabatos para hacerles entrar en la cabeza que la «posición» del autor puede expresarse al través de la elección de un verbo, mediante recursos lingüísticos cuyo fin es ridiculizar o desnudar la tesis contraria. Habría que inventar más garabatos aún para recordarles que la estructura de un parágrafo y el tono de la voz son a veces equivalentes a una opinión. Incluso el humorismo es sospechoso y sólo se le reconoce en los dibujos de las tiras cómicas o en sus presentaciones más primarias: la descripción de un banquete donde los ricos llevan monóculo, lucen calvas crueles, cuellos carnosos, mientras las mujeres, no obstante la abundancia de sillas, se empeñan en sentarse sobre las rodillas de esos tiburones.

El lenguaje no es la única víctima. La principal es el lector que ha sido adiestrado en el reconocimiento de unas cuantas fórmulas pobretonas y monótonas. Le han enseñado una retórica escuálida que lo separa a la vez de la estética y de la crítica. Un lector que cae en un mar de perplejidades si el ensayo o el libro se apartan un milímetro del sonsonete habitual; un lector, por consiguiente, que se escandaliza con demasiada facilidad. Un lector a quien le han cerrado muchas puertas. La lectura bárbara a la que está encadenado es, en definitiva, la reducción del lenguaje a registros mínimos y clasificados. Pero un lenguaje amputado corresponde siempre a un pensamiento trunco.

Escrito por Alejandro Rossi

Etiquetado en #RACIOCINIO

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Levemente 05/27/2010 22:33


Ejem, paginillas o páááááginas.


Amkiel 05/28/2010 20:47



Vaya, yo que creía que páginillas era almeriense.



Levemente 05/27/2010 22:31


Esteeeee, ¿me prestarías ese volumen de “La montaña mágica” de Tomas Mann que me parece ver en tu estantería? Total… sólo tendrás que plastificar unas mil páginillas ;-P

O… ¿mejor “Los pilares de la tierra” de Kent Follet? Serían cincuenta más pero ya puesto… ¿Acaso el trabajo no dignifica al hombre? :- )

Eso sí… abultarían un tanto y pesarían… ¿dos quintales en vez de uno?


Amkiel 05/28/2010 20:46



Meteré el libro entero en la plastificadora y sólo podrás leer la contraportada, chincha.



Levemente 05/26/2010 23:46


No te preocupes, siempre llevo un lápiz de repuesto escondido en un fondo oculto del bolso :-P

Digo… no te preocupes, nunca rayo-señalo-y-similares en libros cuyo propietario desea que la blancura de sus páginas haya sido desvirgada única y exclusivamente por el autor de la obra.


Amkiel 05/27/2010 21:25



Por si acaso, plastificaré todas las páginas.



Levemente 05/24/2010 21:39


En cambio a mí me gusta "vivirlos". Dejarles huella para compartir con ojos futuros que la alcancen. Para mí, que soy una osada, es una experiencia maravillosa leer un libro con "pasos" de otros.
Son como dos historias en una. La escrita, y lo sentido por un lector previo.


Amkiel 05/24/2010 22:01



Ni siquiera leo las introducciones o prefacios hasta que los termino, porque no quiero oír más voces que la del escritor, sin interpretaciones ajenas que me condicionen.

Si algún día te presto un libro recuérdame que te quite todos los lapiceros de casa.



Carmen Neke 05/24/2010 20:19


Lo malo no es que existan libros de texto, el problema es lo malos que son los libros de texto que se usan. Un buen libro de texto puede enseñar todos esos tipos de lecturas que el autor
reivindica, siempre que esté en manos de un buen enseñante claro.

Y que prohiban todos esos cursos de "lectura rápida", que consisten exactamente en lo que el autor de este texto parodia.


Amkiel 05/24/2010 21:25



Un libro de texto es como una televisión de imágenes: una absurdidad.



Levemente 05/24/2010 16:26


Leer es una cosa. Comprender lo leído otra. Igual sucede con oír… y escuchar. A priori parece lo mismo, pero no.

¡Y que no es verdad eso de las rayas victoriosas!... No en todo quisque al menos, porque formo parte del quisque que lo hace y mi motivo no es la conclusión sino la “emoción”. Lo de doblar
esquinitas por arriba y por abajo…¿cómo se llama… profanación? 8-{

Esteeeee… ¿y si incluso releo soy reingenua y por ende ingenua al cuadrado?


Amkiel 05/24/2010 21:25



Yo considero los libros un objeto sagrado y los trato con mucho cuidado. Los forro antes de empezar a leer (las imágenes del calendario son ideales) y no se lo quito hasta acabarlos. Y jamás de
los jamases osaría doblarle una esquinita o pintorrear dentro. Tampoco releo. Eso sí, cuando alguien me regala un libro le pido que me lo dedique (aunque obviamente no sea el escritor). Y los
fragmentos que me gustan los copio para el panfleto, es decir, para ti que me lees.