El primer franquista que demana perdó [al periòdic LA HUMANITAT (30/01/79)]

Publicado en 29 Mayo 2014

El primer franquista que demana perdó [al periòdic LA HUMANITAT (30/01/79)]

Cumplí los veinte años estando ya muy cerca de Barcelona. Avanzábamos a marchas forzadas desde Tarragona. De tal manera que, a veces, ya echada la noche encima nos acostábamos pero, al cabo de una o dos horas de descanso, recibíamos la orden de reanudar la marcha y el avance. Así lo hicimos recorriendo toda la costa.

Los veinte años los cumplí al llegar a Castelldefels. Era el día 25 de enero de 1939.

Al día siguiente, 26, pasamos el río Llobregat. Hacía las cuatro de la tarde, hallándonos todavía mojados por haber vadeado el río, recibimos la orden de reemprender la marcha para avanzar y entrar en Barcelona.

Sólo recuerdo de entonces que llegamos a la Plaza de Cataluña y, de ahí, por las Ramblas, descendimos hasta el Barrio Chino donde nos emplazaron en los tejados. No sucedió nada anormal.

Al día siguiente nos llevaron a Badalona. A unos se nos alojó en centros que habían sido sindicatos y a otros en chabolas que estaban en la playa, muchas de las cuales disponían de literas. A mí me tocó una de estas últimas. Ignorábamos si seguiríamos adelante, hacia Gerona.

"Radio Macuto" funcionaba lo mismo que siempre y por él se comentaba que nos llevarían a los pueblos de la provincia para colocar en ellos alcaldes afectos al "Movimiento".

Este último comentario resultó ser el más acertado.

Veinticuatro horas después, partimos hacia Collbató; proseguimos hacia Monistrol de Montserrat, Castellbell del Vilar y Esparreguera.

Por el puente del Llobregat fuimos a Olesa, donde se nos alojó en el Grupo Escolar.

En los pueblos anteriores a Olesa todo se había desenvuelto sin novedad.

En Olesa, sin embargo, a los primeros días de nuestra llegada, el barbero —ignoro si actualmente vive—, tuvo que cortar el pelo a mujeres comprendidas entre los 16 y los 26 años.

El pobre barbero estaba tan afectado por la tarea a que le obligaban que apenas comía; sus lágrimas rodaban mejillas abajo, por la cara, como si fuera él el castigado. Todas aquellas mujeres sufrían aquella humillación a causa de las denuncias en las que se las acusaba de ser "rojas".

Al cabo de tres días, una noche, cuando estábamos durmiendo plácidamente, el "imaginaria", acompañado de un sargento, nos despertó a quince de nosotros.

Extrañados por lo intempestivo de la hora, preguntábamos si acaso se había dado orden de abandonar el pueblo. El sargento nos aclaró: "No, muchachos. Tenemos que conducir a doce presos a la cárcel Modelo de Barcelona".

Nos vestimos inmediatamente.

Luego de pasar revista de armas, formados y en marcha nos condujeron a un lugar que se encontraba muy cerca del Casino de Olesa, del que, en aquel entonces, decían que era la cárcel del pueblo.

Reunieron a los doce presos, los cuales también habían recibido la noticia de que se les iba a trasladar a la cárcel de Barcelona.

Era ya de madrugada y se veía todo muy bien. A mí me extrañó mucho que no estuviera a punto ningún coche para realizar el traslado de los presos hasta Barcelona. Creo que al resto de mis compañeros se les ocurrió lo mismo.

Nos pusimos en marcha y pasamos con los presos frente al Grupo Escolar hacia el puente que había sido volado. Me tranquilicé, librándome de mi anterior extrañeza porque advertí que por el puente destruido no podían pasar coches. Llegamos a la carretera, cerca de Esparreguera.

Pero tampoco en aquel punto aguardaba ningún camión, ni otro medio de transporte.

Ya nos escamamos todos los que íbamos. Tanto más al ver un camino vecinal, a la izquierda y a unos doscientos metros, unos cipreses, nos convencieron de la trágica realidad.

Comenzamos a oír las protestas de los conducidos y "el ruido de sus tripas", al darse cuenta de lo que les iba a ocurrir.

Costó trabajo conducirles hasta la pared del cementerio. Por mi cuerpo y creo que lo mismo en la mayoría de mis compañeros —los cuales, por su juventud, eran de igual edad a la mía—, que llevaban más de quince meses de guerra y habían sobrevivido a una batalla tan atroz como fue la del Ebro.

Por fin llegamos.

De los doce presos hicieron dos grupos: uno compuesto por seis hombres y, el otro, por cuatro hombres y dos mujeres. La de más edad no creo que sobrepasara los treinta años.

Después de la ejecución quedaron tendidos los doce.

Nosotros emprendimos el regreso a nuestro acuartelamiento.

Tres horas más tarde mandaron a formar de nuevo: resultaba que faltaban tres de los fusilados en la tapia del cementerio.

Salió una Sección para hacer una descubierta. "Radio Macuto" volvió a funcionar.

Se corrió la voz de que dos de los fusilados habían sido hallados muertos cerca del cementerio. Habían llegado donde fueron encontrados arrastrándose hasta desangrarse por completo.

Pero faltaba uno.

Fue capturado más tarde en una masía, en compañía de otros dos, que le habían dado cobijo y protección.

Ya eran tres más, o mejor dicho dos, pues los últimos también fueron fusilados en el mismo cementerio de Olesa.

Me tocó enterrarlos ayudado de mis compañeros.

Fue aquél, un caso que afectó profundamente mi vida. Les juro que cuando escucho unas tripas que se revuelven, vuelvo a ver a todos aquellos desventurados.

Uno de los tres últimos, antes de matarlo, me entregaba un reloj para que lo diese a su familia. Me negué. Le aconsejé lo entregase al cura.

Este es un recuerdo muy amargo de mi permanencia en el 21 Bon. de Zaragoza que, en aquellos días, lo mandaba el capitán don Mariano Pérez, en ausencia del comandante, por hallarse éste de permiso.

No he olvidado, por lo mismo, el pueblo de Olesa de Montserrat y pido perdones a los familiares de todos aquellos infelices fusilados por su ideal.

Escrito por Manuel Prado

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