El pino de los grajos [fragmento]

Publicado en 8 Agosto 2010

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El sol pasea su capa de fuego, como un emperador, sobre el enlosado del paseo marítimo. La Caleta ha tendido sus encajes blancos de sílice en las brasas de la costa. Ellas desenrollan las esterillas en la arena, a modo de parrillas, se embadurnan de Sunmilk, protección 25, se postran encima de las toallas y dejan que el soberano atice sus ardores en forma de rayos uva contra pechugas, ancas y lomos. El tiempo se encargará de churruscar los tejidos adiposos y dejar escoceduras y picores sobre una epidermis que de delicada y blanca, en pocos días, se transforma en piel escamosa y áspera, de un color rojo brillante, más propio y natural en los cangrejos del desierto australiano que en el cuerpo de las hijas de uno o en la humanidad mantecosa y desparramada de la mujer propia. Ellas son así, cada mañana, durante un mes, llegan a la playa las primeras, a coger un buen sitio. “...el mejor sitio que para eso nos pasamos once meses en el pueblo sin poder ponernos al sol en porretas que dirían las comadres como a ti todo te da igual y por si fuera poco...” y allí pasan todo el día de Dios girándose como pollos en el asador, ahora boca abajo, luego lateral, más tarde panza arriba, y vuelta a empezar.
 
“...venga Fermín despierta ya qué hombre este siempre dormido o en las batuecas espabila que vamos a llegar tarde coge la bolsa y las toallas ten cuidado con la sandía no la vayas a golpear y esa nevera por qué no la cargas bien vamos date prisa no te olvides de las sillas pero digo yo que en qué estarás pensando ay si no fuera por una por qué me casaría contigo la puerta no la rayes con la mesa claro como a ti todo te da igual y luego que llegas sueltas las cosas y desapareces como si no fuésemos tu familia debería darte vergüenza en no pasar el día con tu mujer y tus hijas lo que pasa es que no nos quieres por eso te callas y nunca dices nada coges te largas y adiós muy buenas tus pobres hijitas mías mal padre que eres un mal padre y un descastado maula sinvergüenza que eso es lo que eres un maula y un bergante...”
 
Diez julios viniendo a La Caleta, diez veranos repitiendo el ritual minuciosamente, parte por parte, acción por acción, sin que sobre ni falte un detalle, sin cambiar otra cosa que las canas, las arrugas o la leche de cada cual, que a diferencia del vino con los años se agria. Y uno ya no transige. En la playa, a fuerza de sufrir siempre el mismo rigor horario y de aguantar idéntica punzada vertical, desde lo más alto y cuando más se ensaña con los de abajo este sol ofuscante, rutinario, de los cojones, uno se planta y sigue su impulso natural, que no es otro que el de pergeñar la única urgencia que le apremia, salir hospando de la quema en busca de lugares menos inhóspitos que el brasero de la arena y poder guarecerse en ellos contra los agobios del calor. Así, sin nocturnidad ni alevosía, a plena luz del día, ni otras intenciones que no fueran las de ampararme de los rigores de Santa Ana y Santiago y las de encontrar consuelo a mis aflicciones estivales, me acerco siempre al chiringuito de Julián y acojo con gran relajo para mi espíritu atormentado, pero sobre todo para júbilo y regosto de mi paladar, el sabor suave, dulzón y fresquito de la limonada, con gusto a manzana y a canela, embocada a morro, de un cubo de cinc, con ansia, hincado de hinojos, sobre el albero, a la sombrita, al pie del mostrador.
 
A últimos de julio, los estrobos de doradas hebras, que sujetaban las alas de las fantasías salutíferas de mi alma, volátiles, expansivas, siempre azules y ascendentes, prendidas a mi espalda, pedazo de carne socarrada, ya entregada y cansina a las doce del mediodía, sin apenas ánimo ni voluntad, resogan con aspereza ante el tedio achicharrante de la Magdalena, capaz de apisonar el más leve brote de resistencia y convertir los prados intonsos de las intenciones en utopías inalcanzables, en arenales saharianos, en insufrible tortura cotidiana.
 
—¡Eh, Fermín! ¿Hace otro cubilete de sangría con hielo?
 
Y luego, dormir como un bendito, tumbado a la bartola, bajo la bandera azul, hasta la hora de recogerse.

Escrito por Luis Domingo Delgado

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carmenneke 08/09/2010 21:00


Cuando el demonio creó las playas como sucursal del infierno en la tierra, Dios en su infinita misericordia le dio al hombre el chiringuito.


Amkiel 08/10/2010 20:46



Amén con vodka, mezclado pero no agitado.



Edda 08/09/2010 14:56


Yo no sé por qué la gente tiene tanto afán por lucir ampollas en lugar de lucir moreno, la verdad. Y no sólo las mujeres, eh. Que yo conozco a uno...


Amkiel 08/09/2010 20:43



Tanto afán con ponerse moreno, con lo fácil que sería no lavándose durante un tiempo.