El móvil

Publicado en 10 Junio 2013

El-movil.jpgDespués de la lluvia, Toledo se secaba al sol. La humedad había acentuado la pátina verdosa de los viejos tejados. En el palacio árabe de Benacazón, hablé sobre los teléfonos móviles, invitado por la Fundación Telefónica. No es la primera vez, porque la tecnología me interesa profundamente. Hasta ahora, había tres tipos de técnicas. Unas sirven para fabricar objetos; otras son técnicas para comunicarse, como el teléfono o el telégrafo, y las terceras, técnicas creadas por la inteligencia humana que cambian el modo de actuar de la misma inteligencia humana. Las principales son el lenguaje y la escritura, pero hay más. Sin la invención de la notación musical, Beethoven no podría haber compuesto su obra. No tenía mecanismos mentales para hacerlo. Lo mismo ocurre con el álgebra. Los libros matemáticos escritos antes de su invención son casi ilegibles. También los sistemas informáticos son tecnologías de la inteligencia. De hecho, en este momento, cuando ya hay varias generaciones que han nacido y crecido en un ambiente masivamente informatizado, estamos investigando si ha cambiado el funcionamiento de la inteligencia humana.

Pero el teléfono móvil ha inaugurado tal vez un cuarto tipo, porque ha creado un modo nuevo de sociabilidad. Un adolescente está con su familia viendo la televisión, mientras teclea en su móvil. Está simultáneamente en casa y con los amigos. Podría pensarse que eso mismo sucede con el teléfono fijo, pero no es así, precisamente, porque es fijo. Lo importante es mantener el contacto continuo con el grupo, comunicarles las cosas en tiempo real. Hay una distinta concepción del espacio y el tiempo. Los planes se pueden perfilar sobre la marcha, mientras se están ya haciendo. A medida que van a un sitio, cambian de sitio adonde ir. Producen un efecto de cardumen distanciado. Se mueven al unísono aunque no se ven. Grandes movilizaciones sociales pueden producirse por el poder exponencial de la comunicación en red. La falta de puntualidad no es llegar tarde, sino no haber mandado un mensaje. En ocasiones, lo importante no es comunicarse, sino estar en contacto. Esa es la función, maravillosamente ingeniosa, de los toques, esas llamadas que se interrumpen antes de que la otra persona abra su móvil, que dejan constancia de la llamada, pero no cuestan dinero. Lo único que comunican es: estoy en contacto, estoy aquí, pensando en ti. Creo que nuestra juventud es mucho más sociable, pero con una sociabilidad nueva.

Los japoneses llaman oyayubisoku —la tribu del pulgar— al conjunto de personas adictas al mensaje de texto a través del móvil. Para esa tribu, el gran tabú es olvidarse el teléfono o quedarse sin batería. Se ha disociado el espacio físico de la definición de presencia. Se considera que alguien está presente mientras participe en las comunicaciones de grupo. Las personas pueden estar vinculadas a sus redes sociales, comunicativamente, mientras participan en otros acontecimientos.

Salí de la conferencia y paseé por las mágicas calles medievales. Sinagogas e iglesias conviven. Pienso que el viejo Toledo debería ser elegido capital de los nuevos sistemas de comunicación, porque aquí surgió la técnica socializadora más eficaz que conozco. En Toledo apareció, y creo que debería reinventarse, la gran escuela de traductores que —hace más de ocho siglos— puso en comunicación a árabes, judíos y cristianos, y permitió que llegara a Europa la gran sabiduría griega. Lo que puede dar vida a la gigantesca posibilidad de conectarnos es la firma e irrevocable decisión de entendernos.

Escrito por José Antonio Marina

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