Divina acercanza

Publicado en 10 Septiembre 2010

Divina-acercanza.jpg

He venido a vivir a esta casa, de la que es dueño, o dueña —porque su ancianidad, su larga melena blanca y su estrafalaria túnica o chilaba, no me han permitido distinguir su sexo— el ocupante del piso de al lado. Sé que tiene muchos animales: un perro que a menudo lleva de paseo, gatos, un loro que repite: Cantad a Jehová canción nueva/ cantad a Jehová toda la tierra, y una pecera enorme que a veces he podido atisbar al fondo del pasillo, en un entreabrir de puertas del chico y la chica que son sus sirvientes. Esta noche, al regresar a casa, me encuentro con ella, o él, y su perro. Voy a sacar la llave del portal, pero extiende la mano y la cerradura se abre sola. Dice luego «Luz», y se encienden las bombillas del portal. Levanta un brazo ante el ascensor, y éste baja y abre sus puertas. Cuando llegamos a nuestro piso, vuelve a alzar la mano, la puerta de su casa se abre sola también, y el vestíbulo se ilumina. Veo que hay más animales de los que yo pensaba, pues por el suelo del pasillo se escabulle el cuerpo de una gran serpiente. «¡Qué aburrida es la eternidad!», exclama, antes de que la puerta se cierre a sus espaldas.

Escrito por José María Merino

Etiquetado en #LITERATURA

Comentar este post