Contra la necesidad sexual

Publicado en 24 Abril 2012

Contra-la-necesidad.jpgComo en muchas culturas antiguas, especialmente en aquellas con rígidas reglas patriarcales de casamiento y parentesco, la libido estaba condenada la mayoría de las veces a un largo aplazamiento —no era raro que tuviesen que pasar varias décadas entre la aparición de la madurez sexual y una posibilidad de práxis sexual legalizada—; el éros era experimentado por un sinnúmero de gente como un dilema invivible. El más amoroso de los dioses se mostraba, para un número incontable de seres humanos, como el más malvado. Si uno cedía al impulso sexual no tardaba en caer del lado del desorden; si se le resistía, se estaba expuesto a una permanente tortura interior. De este modo, la desesperación en el tema de la sexualidad se convertía en una magnitud constante en el malestar de la civilización. Las ampliamente difundidas instituciones liberatorias, como la prostitución, el concubinato, el desfogue con esclavos, la masturbación, las licencias juveniles, etcétera, mitigaban la turbación, pero no la suprimían. La respuesta ascética al desafío de la pulsión consistió en transformar el continuo exceso de ese impulso específico en un élan inespecífico hacia fines más altos. Al procedimiento para ello se lo ha llamado, en un lenguaje reciente, sublimación. Platón nos desveló su esquema al describir la escala por la que el deseo sensual asciende hasta convertirse en un movens espiritual, desde un cuerpo hermoso a otro y desde la pluralidad de los cuerpos hermosos a la singularidad de lo bello, que, finalmente, se revelaría como el lado del propio Bien que irradia hacia la sensibilidad. Por tanto, la crítica filosófica a la sexualidad únicamente reprocha a ésta, en sus acuñaciones ordinarias, el que sabotee la ascensión, sea cuando, insatisfecha, produce una fijación a fantasías frustrantes, sea cuando, satisfecha, deja que se derrame la energía psíquica, quedando aprisionada en un pequeño círculo de tensión y distensión. La crítica monástica a la sexualidad procede desde el comienzo de una forma más recia al demonizar directamente el deseo corporal, apuntando, no obstante, al mismo fin: generar un deseo infinito y mantenerlo a la temperatura necesaria. Este deseo infinitizado —cuyo fantasma continúa presente en la pudorosa metafísica del siglo XX bajo el título de désir— a nada tiene tanto que temer como a la recaída en la finitud, que vuelve a traer consigo un tibio prosaísmo. En éste dominarían los estados de ánimo triviales, la depresión, la falta de empuje, y hasta el excedente pulsional banal que no encuentra conexión alguna con programas llenos de finalidades y de altos vuelos. Una psique sin impulso ascendente sería incapaz de sentirse rodeada por lo Absoluto, dando como resultado la «tristeza», la taciturnidad de ánimo, eso a lo que los primeros abades dieron el nombre de akedía, el demonio del mediodía que paraliza el alma del monje con la indiferencia hacia Dios y hacia el resto de las cosas. La akedía figura en la lista de los siete pecados capitales como «inercia» o «pereza», y es temida por quienes la conocen incluso más que la reina de los vicios, la superbia. En los tiempos modernos el deseo infinito se ha apartado de los seres humanos y ha transmigrado al sistema económico, que genera su propia inquietud, mientras que los individuos cada vez tienen mayor convencimiento de que ya no pueden seguir al imperativo perverso de desear y de disfrutar siempre más.

Escrito por Peter Sloterdijk

Etiquetado en #RACIOCINIO

Comentar este post