Cocina en miniatura

Publicado en 4 Noviembre 2010

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Aunque no hay recetas para el relato, y como me gustan los bocados medidos y no dejan de embelesarme las miniaturas por lo que tienen de incitante, de concentración e intensidad, a la hora de preparar los ingredientes suelo retirar la aparatosa carcasa de la trama, la grasa de los tiempos muertos, las espinas de la genealogía, los menudillos de la psicología, y dejar sólo un texto destilado, donde a lo sumo aparezcan el tuétano de los personajes y el aroma concentrado de la atmósfera. Como también me gusta la felicidad clandestina que proporciona subvertir lo cotidiano, suelo introducir gajos de extrañeza para espolear la imaginación del comensal, para provocarle un estremecimiento o una sensación gustativa inesperada. A partir de productos inmediatos intento transformar cada plato en un bocado singular, como si fijara el jugo de un sueño en su molde antes de que desapareciera, como si levantara sobre el mantel una fantasmagoría, una especie de diorama de sabores y texturas sorprendentes que van de lo bello a lo macabro, de lo lúdico a lo desasosegante. Intento además armonizar técnica y emoción, magia y laboratorio: en pos del placer culinario, confito mis ficciones oníricas, macero las misteriosas, deshidrato las grotescas, escaldo las oscuras, dejo infusionar en frío las descabelladas, busco que no naden en la emulsión abstracta de las tesis ni en la salsa espesa y agria de lo ordinario, que seduzcan al comensal lector contándole simplemente una historia asombrosa o una visión inquietante. A veces la pieza narrada precisa ser cortada en láminas con la mandolina del rigor, o pasada por la estameña del tiempo; a veces es necesario espolvorearla con la sal incisiva de los giros y los finales; a veces debe ser desespumada, colada y reservada, tal vez expandida en el sifón de la voz narrativa o atravesada con la brocheta de las elipsis; si bien es cierto que siempre hay que dorarla a conciencia con el soplete de la corrección, a veces es preferible no enturbiar su caldo, liofilizarlo, tomarlo en daditos de gelatina o a pequeños sorbos, como las dosis de un antídoto que quizá permita sobrevivir al veneno de la realidad.

Escrito por Ángel Olgoso

Etiquetado en #LITERATURA

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Levemente 11/08/2010 21:39


¡Ñan-ñan... qué rica esta receta!


Amkiel 11/09/2010 20:31



Y si repite sabe aún mejor.