Ahora que cada vez soy menos inmortal

Publicado en 14 Octubre 2009

De repente me he acordado de una noche de hace unos treinta años. Más o menos, no recuerdo bien. De lo que casi estoy seguro es de que fue a principios de verano. Sí, seguro. Fue una época en que era feliz siendo desdichado.

Casi todas las tardes quedaba con Julia. Sólo las tardes. Y sólo entre semana (aunque hubiesen sido todas las tardes, habría dicho “sólo todas las tardes”). Pero durante una semana entera, por razones que no me explicó (ni yo me preocupé en aclarar), quedamos también por las noches. Si nuestra vida fuese una circunferencia, aquella semana sería mi centro.

La naturaleza ensayaba el verde con el que quería dar, y probaba un matiz en cada árbol, para verlos todos antes de decidirse. Eran días luminosos, con cielos tan transparentes que parecían verse las estrellas que iban a brillar por la noche.

Muchas veces vuelvo a aquellos días y me pregunto, ingenuamente, por qué pasaron, y me atormenta el remordimiento reprochándome no haber hecho nada para retenerlos.

Nunca he querido volver a los lugares que exploramos durante aquella semana, una franja de la ciudad —siempre me sorprende comprobarlo en el plano— asombrosamente reducida.

Una noche, la segunda, la tercera, no sé, entramos en un bar que había cerca del Bernabéu, en la Castellana. Un bar solitario, pero con demasiada luz, para nuestro gusto, y del que, apenas habíamos entrado, resolvimos irnos sin pedir nada. En el momento en que nos girábamos para marcharnos, vimos junto a la barra, sentada en un taburete, frente a un vaso de cerveza a medias, con la cabeza caída sobre el pecho y un cigarrillo entre los dedos, con varios centímetros de ceniza a punto de caer, a Mamen Honrubia.

—¿Mamen? —se acercó Julia y le tocó en un hombro, después de dudarlo un rato.

Nos miró con los párpados a medio levantar e hizo un inútil esfuerzo por levantarlos más, pues lo único que subió fue la piel de la frente, arrugándose. Le brillaba la cara, como si hubiese bebido más de la cuenta. Nos miraba y nos miraba, inexpresiva.

Mamen Honrubia. ¿Cuánto tiempo hacía que habíamos dejado de vernos? ¿Seis, siete años? Sólo habíamos coincidido en los dos últimos de carrera, cuando repitió curso y los del siguiente la alcanzamos, pero llegamos a un grado de complicidad, que lo más increíble fue que no volviésemos a vernos al dejar la universidad.

Mamen Honrubia, extrovertida, frívola, una pura carcajada, la despreocupación hecha carne. Aquí estaba otra vez. Aún no tenía treinta años y ya parecía destruida. Por fin nos reconoció y se despejó enseguida. Quizá creía estar lo borracha que quería estar.

En unos minutos la antigua Mamen Honrubia, brillante, borró al despojo que nos habíamos encontrado. Bebimos, fumamos, hablamos, reímos. Estábamos exaltados. Y, en una pausa en la conversación, de pronto, rompió a llorar. Y se derrumbó.

Yo, que estaba muy sensibilizado al llanto, estuve a punto de acompañarla. Daba por supuesto que le pasaba lo mismo que a mí. Por una parte, sí, me dieron ganas de acompañarla. Pero por otra me vi en ella, y me vi ridículo, llorando por un sentimiento. Tan ridículo, que traté de bromear.

—Tengo cáncer —dijo llorando.

Y hubo varios minutos de silencio.

—Y no tengo curación.

Al lado del dolor de mis sentimientos, cualquier otro sufrimiento carecía de importancia. Y no sólo no parecía importante. No parecía real.

Mientras yo me compadecía a mí mismo en ella, Julia la acariciaba delicadamente, con una ternura infinita, y ella seguía llorando.

Estuvimos mucho tiempo sin hablar. Al final, no sé cómo, nos animamos y quedamos en vernos dos o tres días después.

Recuerdo sobre todo el calor de aquella tarde. Quedamos por Goya, en un bar que no me explico quién conocería, un bar desierto y sudoroso. (¿A todos nos venía tan mal la cita como para quedar tan pronto y poder disponer después de toda la tarde libre?).

Mamen se presentó con su Mini, disfrazada de la universitaria que había sido años atrás. También vino Mario, o Marco, un amigo italiano de Julia.

Quedamos en aquel bar, pero enseguida empezamos una ronda loca por todos los de los alrededores, igualmente solitarios. Nos comportábamos como dioses exaltados. Bebíamos, reíamos, brindábamos y declamábamos, histriónicos y locuaces. Salíamos de un bar y nos metíamos en el Mini, eufóricos, como si nos dispusiésemos a hacer un gran viaje, y nos desplazábamos distancias insignificantes, las que hay entre un bar y otro en Madrid. Era maravilloso apretarnos, en aquel coche tan pequeño, pasar calor y estar tan juntos.

Todos estuvimos radiantes, geniales. No hizo falta simular alegría. De repente, éramos reyes exiliados que volvían a tomar posesión de sus dominios. El mundo nos pertenecía y podíamos hacer con él lo que nos viniera en gana. Volvíamos a ser jóvenes, bellos, inteligentes, felices, inmortales. No sabíamos que se podía perder aquella plenitud.

El calor que hacía era inhumano. Pero en uno de los bares tenían aire acondicionado. “Me quedaría aquí toda la vida”, dijo alguien al entrar. “Yo también me quedaría toda la vida, aunque no fuese aquí”, dijo Mamen, enigmáticamente. Y enseguida se echó a reír y nos contagió a todos, que reímos sin saber muy bien por qué. Y continuamos siendo brillantes, olímpicos, irreverentes.

La atmósfera que nos envolvió durante todo el tiempo fue que aquella tarde desmentía la noche anterior. Que era mentira. Aunque Mamen no mintiese, era mentira. El dolor, el sufrimiento, no existían. Cuando nos separamos, parecía que la dicha era un lugar físico del que se podía entrar y salir a voluntad, y que podíamos volver cuando quisiéramos. Éramos invulnerables.

Estaba recordando aquellos días, en los que no había vuelto a pensar, y veo que la eterna juventud duró sólo una tarde. Ignoraba que en mi imaginación seguíamos detenidos en aquel tiempo, mientras nos íbamos haciendo menos inmortales. Y es ahora cuando realmente me doy cuenta de que Mamen también salió de aquella tarde. ¿Cuánto tiempo siguió siendo inmortal?

Escrito por Emilio Gavilanes

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Edda 10/15/2009 20:16


Pase lo que pase lo mejor es pensar cada mañana al despertar: un día más soy inmortal. Difícil, sí, pero hoy sé que puedo, mañana no lo sé.


Amkiel 10/17/2009 10:02


Todos los días son víspera de otro, menos el último.


carmenneke 10/15/2009 17:13


"La eterna juventud duró solo una tarde". O un verano, o un par de cursos. Sí, es cierto. Nos quedan dos opciones: pasarnos el resto de la vida mirando hacia atrás lamentando lo que perdimos y que
apenas tuvimos, o fijarnos en todo lo que tenemos y aún podremos tener. Nunca volveremos a ser tan felices, porque nunca volveremnos a ser tan ignorantes e ingenuos como entonces. Afortunadamente.


Amkiel 10/17/2009 10:02


Para avanzar por la vida son necesarios espejos retrovisores que nos recuerden lo que pasó y nos adviertan si algo dejado atrás vuelve.