y de repente...

Publicado en 19 Agosto 2009

Dedicado a Carmen y Javier
 
Son las cuatro de la tarde y hace un calor de mierda. Cómo detesto el calor.
 
Empañada en una maldita humedad sin océano alguno esperándome a tan sólo cuadras de distancia, mi mal humor aumenta. Vestida de mujer ejecutiva que nada tiene que ver con mi esqueleto, llevo el disfraz mojado con gotas de un sudor que a duras penas me llegan hasta el quince y último. Ya no soy cantante ni escritora ni muchísimo menos. Ahora me he convertido en algún extraño ente ejecutivo... una sangre que sin duda encuentra dificultades en colarse por mis venas.
 
Llevo más de cuarenta minutos esperando en la parada del metrobús preguntándome no sólo dónde coño estará el metrobús en cuestión, sino también qué demonios estoy haciendo con mi vida. Me veo en el reflejo de los carros que pasan y no me reconozco ni mucho menos vislumbro algún resto de sueño. Todo se ha escapado con el tiempo y las circunstancias, y yo me he quedado luciendo mi mini falda de tela gris, mi camisa de botones blanca y unos zapatos de tacón alto supuestos a hacerme ver más exitosa en la vida, o por lo menos más profesional.
 
Sí, se me escaparon los sueños por una enorme ventana que pocas veces imaginé tan grande.
 
Muchas veces me hago la ridícula y reiterativa pregunta de si le habré quedado muy pequeña a todas mis ilusiones. Y justo cuando pretendo responderla ésta vez, llega el metrobús que decidí esperar por tanto tiempo, antes que montarme en un carrito por puesto... llámese ésto malcriados límites de tolerancia ante un exceso de folklore. La última vez que me monté en un carrito, es decir ayer, veía la rueda trasera rodar a través de un hueco enorme que se había abierto en el suelo del transporte ya demasiado público. Acompañada de una salsa erótica a todo volumen, descubrí que es otra forma de ver la ciudad y recorrer sus calles. De esta manera uno tiene el privilegio de ver cosas que de ninguna otra manera vería. Nunca está de más un punto de vista y éste era sin duda original y llegó a formular su encanto en mí. Pero hoy necesitaba un descanso de aquella irrisoria realidad.
 
No estoy hecha para el reclamo por mejores servicios, nunca he sido buena exigiendo mis “derechos.” Así que me monto en el metrobus y lo único que logro esbozarle al chofer es una mirada fea, sin siquiera poder balbucear algún tipo de queja formal o informal. Me repito a mí misma que ha valido la pena la espera tan sólo por el aire acondicionado y por un poco de silencio dentro de lo posible.
 
Me siento al lado de la ventana recostando parte de mi frente y sumergiéndome instantáneamente en la difícil tarea de deletrear mi vida. Casi como por matemática, voy cayendo inevitablemente en un letargo nostálgico. Y cual protagonista de alguna mediocre telenovela, me lamento de mí misma rayando en lo patético. Recorro mi vida en cuestión de microsegundos... año tras año, amigo tras amigo, novio tras novio, casa tras casa, país tras país, ciudad tras ciudad... hasta llegar a Barcelona e inevitablemente detenerme.
 
Barcelona...
 
Y de repente... como si me hubiese inyectado una sobredosis de una poderosa esencia que te transporta a otro tiempo y espacio, mi cuerpo empieza a viajar por sus calles, encontrándome con un cielo abierto en medio del invierno. Los rostros de la gente van tomando forma poco a poco. Y desde lejos, sin mucho percatarme, empiezo a distinguir el olor que llega del puerto. Y maldita sea... qué bella es Barcelona.
 
El carrer del Pelai, donde ya se han empezado a disiparse un poco los árabes y chinos que gobiernan cuadras abajo. El termómetro del Portal del Angel que sea noviembre, sea mayo marca siempre 16 grados. La maravilla de los viejitos jazzistas afuera del Museo de Arte Contemporáneo a pasos de una catedral que repite su eco día a día en toda la ciudad. Las grotescas putas de La Rambla junto a cientos de estatuas humanas llegadas directamente del realismo mágico. Un perro vestido, de patas deformes y colmillos salidos, lleva gafas y sombrero, un verdadero asiduo de esta Rambla, con cierta cara amarga hace dinero a base de la inercia y el don sin duda innato de la paralización. Perú vende el sonido de la flauta por dos euros o quizá un poco más. Las pociones de calma que parecieran haber ingerido cada viejito sentado en cada silla empotrada de la Avinguda Gaudí. Las calles magistralmente rotas y endemoniadamente torcidas del Barrio Gótico. La belleza bohemia de Gracia. Y un poco de protesta en la Plaza Sant Jaume que minutos después es detenida por el indescriptible ritmo de las sardanas. Los restaurantes hijos de puta a lo largo del puerto donde cada aceituna toma el sorprendente valor de cinco euros. El Café Zurich donde toda Barcelona queda siempre en encontrarse sin jamás pedir ni una sóla cerveza. El silencio nocturno de Montjuic donde docenas de amantes aparcan sus coches para echar un polvo bajo una luna amarillenta. El inmenso Carrer de Balmes donde los mejores viven una mejor vida. Mientras, un esqueletico/marioneta recorre la ciudad de calle en calle, pidiendo comida en forma de marioneta y llorándole al sombrero cuando queda vacío. Desde un balcón del Raval, una vieja pakistaní, le grita a su viejito a todo pulmón que no olvide comprar pimentón y unos cuantos mejillones. Cerca de Poble Nou, algunos chicos se reúnen para fumarse un porro y quién sabe qué más. En la Rambla Catalunya llega una pareja de turistas que apenas bajados del taxi miran con asombro quizá una de las ciudades más especiales del mundo. Bajo el lema de Tots Movem Barcelona, el chofer del autobús número 27 ha dado ya su tercera vuelta por Lesseps. Tres amigos beben cava rosada en los panes del puerto, allí dónde la intimidad es gratis y le terminas tocando el culo a cualquiera simplemente porque no hay otra opción. Por Clots ofrecen un concierto de puta madre sin entrar en pormenores económicos. De allí, directo al Kilombo, donde paredes rosadas y cortinas de pucas absorben el sonido de las guitarras gitanas. Una Diagonal que se extiende a kilómetros de distancia desde una punta pija hasta una no tan pija donde búlgaros en cólera exigen limpiarte los parabrisas. Algún lugar exageradamente cutre alberga italianos y brasileros en búsqueda de aventuras, por 20 euros la noche. Y el Renfe que ha partido una vez más hacia algún escondido y mágico pueblo catalán.
 
Y yo... coño, yo me muero carcomida por mi nostalgia. Una melancolía brutal se apodera de mí y me dejo tomar sin imponer resistencia alguna. Este autobús de mierda me ha sacudido las frustraciones y los miedos que cobardemente jamás vencí. Me decido, una vez más, a aceptar el letargo de los días laborales que me expulsan de mi propia vida en esta detestable ciudad. No tengo a quién señalar. Tan sólo una infinita colección de auto-reclamos... es lo único visible que llevo en el pecho. Y me pregunto mil veces de ser posible, ¿por qué no me quedé? Si tan sólo pudiese encontrar un par de excusas dignas... pero la verdad es que me equivoqué, así de sencillo. Y éste es el error con “E” mayúscula, que encabeza mi interminable lista de errores. Me asombra saber cuánto extraño mi vida en Barcelona y cuánto detesto mi vida en Caracas. Y vergonzosamente recuerdo cuando estando allá lloraba por no estar aquí. Sin duda, me voy amaestrando cada día más en mi don innato de lo que yo llamo el “contratespacio”... el arte de, sea donde sea que uno esté, siempre querer estar en otro lugar. Y es que somos todos una asquerosa vitrina de insatisfacciones e ingratitudes. O por lo menos, soy yo, representante oficial de una de las franquicias más grandes de la insatisfacción. Siempre triste, siempre incapaz de ser feliz.
 
Ante este desfile de reflexiones y decepciones, no me ha quedado otra que salir de mi alucinación y regresar a las no tan hermosas calles caraqueñas. Y simplemente me resigno a pasar el resto del camino lamentándome, juzgándome y entristeciéndome. Decido deliberadamente seguir adormeciendo uno a uno, cada uno de mis sueños. Recuerdo con grave amargura una reunión que tengo en la oficina, temprano en la mañana, y siento que una vez más, empieza la migraña a joderme un rato. ¿Qué tan lamentables podemos llegar a ser? es impresionante... no logro encontrar ni una sola razón para siquiera sonreír.
 
Cuando de repente entra Carmen, mi mejor amiga de mis tiempos en Barcelona. La reconozco al instante, aunque ahora lleva el cabello más largo y se ve más feliz que antes. No alcanzando a verla con claridad, me acerco a ella, y apenas la veo de cerca, se me salen las lágrimas. Carmen está embarazada. Esto me produce una desorbitante felicidad que poco puedo pretender que me quepa completa en el pecho. Nos abrazamos fuertemente, me siento a su lado y como dos imbéciles no hacemos sino llorar. Llevaba casi un año sin verla. Le pregunté qué hacía en Caracas y me contó que ha venido a ver a su médico para empezar el seguimiento del embarazo. Aún no sabe si es niño o niña. Me cuenta los nombres que han estado pensando Javier y ella en cualquiera de los casos. La veo y me doy cuenta que se ha quedado corta de poros por dónde irradiar tanta felicidad.
 
Me pregunta por mí. Le cuento a regañadientas tras su insistencia. No me ve feliz y me dice con vehemencia que yo puedo hacer con mi vida lo que me dé la gana, pero que la música y las letras son algo que jamás debería abandonar. Trago profundo, respiro más profundo aún y cobardemente o quizá magistralmente, termino obviando el tema preguntándole si se acordaba de aquella vez que juntas fuimos a un concierto de piano y a ambas se nos salían las lágrimas al ver a la pianista cubana con una enorme barriga, tocando piezas latinoamericanas deliciosamente. Me dijo que es una de las imágenes más hermosas que guarda en su memoria. ¿Y quién lo diría? cuando ambas al ver tan bella imagen, cada una soñaría con ser mamá algún día... hoy Carmen lo es.
 
Y mientras hemos empezado a recordar viejos tiempos saltando una y otra vez nuestras paradas correspondientes, la veo y confirmo aquel acierto de la belleza de la mujer cuando lleva un hijo dentro. Creo que jamás he visto a Carmen tan bella, tan plena, tan agradecida. A ratos hasta me cuesta reconocerla. Pero entiendo que hoy, Carmen no es más que el reflejo de sus sueños.
 
Y noto, ya pasado el calor de mierda y ya caída la noche, que habiendo recorrido toda la ciudad más de dos veces, mis ojos no han dejado de aguarse una y otro vez. Y lo que empezó como un infernal trayecto de metrobús, se ha convertido en algo que simplemente no quiero dejar ir. No quiero que termine este momento que deliberadamente hemos decidido Carmen y yo robarle a la vida. Prolongamos las horas sin importarnos cuán tarde lleguemos a nuestros destinos. Por ahora nuestro único destino ha sido el encontrarnos. Una maravillosa e insospechada bendición llevaba mi nombre en este metrobús que con tanta terquedad decidí esperar. Pensar que de haber sido impaciente, no lo hubiese tomado, y no me hubiese encontrado con este pequeño regalo envuelto en un inesperado y lunático papel de felicidad.
 
Y sin darme cuenta, he empezado a reír.

Escrito por Mariana Cabot

Etiquetado en #LITERATURA

Comentar este post

carmenneke 08/20/2009 17:37

No nos quedamos pequeños para nuestros sueños, es que somos incapaces de comprender que tantos sueños no caben en una sola vida. Y de los sueños que se nos cumplen y por tanto son realidad, ya no nos acordamos que una vez fueron sueños.

Y yo sigo mientras tanto soñando con conocer Barcelona algún día... Tendría que haber sido este año pero no pudo ser :((((((((

Amkiel 08/20/2009 19:09


Resulta increíble que puedas vivir con semejante falta. Debe de ser muy duro no conocer Barcelona. Te mando todo mi apoyo, desde Barcelona, claro, chincha.


Edda 08/19/2009 22:58

Nunca estamos contentos con lo que tenemos, es cierto. Si no fuera por esos momentos que de repente nos alejan de lo añorado y nos hacen disfrutar de lo que tenemos en estos momentos.
Después de leer el relato dan ganas de ir a Barcelona.

Amkiel 08/20/2009 19:09


Y tanto que estamos contentos con lo que tenemos, pero somos tan despistados que no nos damos cuenta de lo que tenemos y tan desmemoriados que no recordamos la alegría.