HALLADO EN ATAPUERCA EL RESTO FÓSIL MÁS ANTIGUO DE UN BLOGUERO

Publicado en 26 Julio 2009

REUTERS/RORSCHACH. Un hueso encontrado en Atapuerca el 27 de junio y presentado hoy al público por los codirectores del yacimiento confirma la presencia más antigua de blogueros de Europa, con una antigüedad superior a 1.200.000 años. Con este hallazgo se supera en 400.000 años a los que hasta ahora eran los restos más antiguos de Europa, correspondientes a la especia Homo Amstrad, también localizada en Atapuerca. V. Gordon Childish, codirector del proyecto, ha precisado que el descubrimiento se produjo en la zona conocida como la cueva de la Sima del Elefante (Burgos), muy próxima a la Gran Dolina, donde en 1994 se localizaron varios restos de un asentamiento Amstrad.
 
Los estudios sobre el terreno de Gordon Childish, patrocinados por la Universidad de Miskatonic, han permitido reconstruir las costumbres del Homo Blogger —ya que no al homo en cuanto tal, que estaba hecho un puzzle, y además la realidad no es como las películas esas de la Fox, donde una salpicadura de ADN basta para devolver la vida a una civilización entera. A diferencia de otros miembros más activos de su comunidad, que se enfrentaban a pecho descubierto con un bisonte o pedían fuego a homínidos del sexo opuesto o invertían en Bonos del Tesoro, el bloguero sólo abandonaba su cueva para visitar el asentamiento Mac o para recolectar cheetos sabor cuatro quesos. Aunque en esa fase del Neolítico Inferior ya había pasado de moda el rollo cuadrúpedo y hacía furor el fashion bípedo, el bloguero había adoptado una postura encorvada y alfeñique. De ahí que los restos óseos sembraran el desconcierto entre los estudiosos. «Nos parecía imposible», aclara Childish, «que un homínido de constitución tan semejante al mono pudiera ser coetáneo del Homo Surfer y del defensa central de rugby. Hasta ahora lo suponíamos antecesor de éstos o —según otras hipótesis— síntoma de una lamentable regresión».
 
Las herramientas predilectas del bloguero eran un pedrusco de sílex rematado en punta de plastidecor y un bote de pegamento imedio que extraía de las raíces del Árbol Sagrado. Con la piedra trabajaba la pared de su cueva, que decoraba con laboriosas incisiones llamadas postum. Las más de las veces los postum ocupaban unas pocas líneas, pero en sus días inspirados el bloguero era capaz de dedicar una jornada entera a una sola inscripción, que llegaba a ocupar todo un muro —para consternación de sus cavemates, que le hacían conjuros chungos y le daban una somanta de leches que le dejaban el bul como un tomate. En esas ocasiones el bloguero se resarcía llevando a cabo su segunda actividad preferida: recoger hojas, floreciglias y otros vegetales y pegarlos a la pared, con la voluntad de decorar o ilustrar otros textos. Los historiadores de la estética han llamado a esa práctica pseudoartística «Era Preescolar Anal», y la consideran expresiva de una mentalidad mítica, refranesca y más bien cheesy, consecuencia de una dieta baja en sodio y rica en cheetos. Al parecer esta práctica estaba relacionada con otros experimentos fallidos como el teletexto rupestre, que permitía consultar la programación matinal de un canal televisivo que no existía y aún tardaría unos cuantos milenios en ponerse en funcionamiento, pues la propuesta de concesión se había traspapelado en el Juzgado de Primera Instancia de María e Molina y dependía del retorno a la Alcaldía de Madrid del CDS reformado. Por fortuna, estos aspavientos solipsistas cayeron en desuso con la llegada de los grafiteros, que arrebataron las paredes a los blogueros para llenarlas de inscripciones mucho más virtuosas y coloristas, acompañadas por mordaces proclamas subversivas como «Cuando hayamos pescado el último pez nos daremos cuenta de que el dinero no se puede comer» o «El capitalismo me come el nardo», una de las cuales —sita en la esquina entre la calle Teruel y Gutiérrez Solana— propició el derrumbe del sistema de mercado tal como lo conocemos.
 
Un aspecto muy llamativo de la mentalidad bloguera era su escatología, en el doble sentido de «uso religioso y espiritual de los restos» y «lo que ustedes están pensando». La rutina del homínido, que a nuestros ojos sólo puede parecer absurda, se sostenía por una creencia supersticiosa en las propiedades mágicas del imedio. En efecto, el bloguero estaba persuadido de que una misteriosa fuerza, alojada en el fondo del pegamento, le ponía en contacto con todas las otras cuevas de todos los blogueros restantes. A esto lo llamaba «cohesión virtual». Los intérpretes nos dicen que este nebuloso concepto constituye el tema central de la mayoría de los postum conservados. En efecto, mucho antes del descubrimiento del contrato social por parte de Rousseau los homínidos se vieron obligados a inventar referentes, figuras y motivos que cohesionaran la tribu —o, en sus propias palabras, «que hicieran de pegamento para lo que está disperso». Comoquiera que aún no se habían inventado los papiros de cotilleo, ni los árbitros con astigmatismo ni los posados robados de Mayra Gómez Kemp —factores, todos ellos, que crean opiniones y acuerdos unánimes, garantizando así el orden de la comunidad—, el mito de la cola virtual gozó de cierto predicamento, durante dos o tres temporadas, entre algunos de estos desdichados.
 
Ciertos arqueólogos sostienen que el culto al pegamento llevó a algunos a creer que sus inscripciones podían ser leídas, descodificadas y comentadas por otros blogueros, en cuevas vecinas o aun muy distantes, configurando así una suerte de paisaje universal donde los hombres de las cavernas compartían una única causa. Esta hipótesis ha sido cuestionada —objeciones, apostillas, furibundias— por los estudiosos de la rama psicológica. «¡Eran primitivos, no primaveras!», han exclamado. Los psicólogos constituyen, en efecto, el sector más comprensivo de los estudiosos. Aun admitiendo que la Era Bloguera es un eslabón perdido en la Evolución, aducen que la percepción espacial y temporal son cualidades innatas, y no sujetas al capricho de los siglos. Los blogueros, sostienen, eran bien conscientes de su destino: ocupados en una empresa tontalaba y falaz, arrojados al frío de la gruta, en la noche de los tiempos, sólo a la espera de que un arqueólogo necesitado de cubrir tramos académicos se ocupara de ellos. Tal es el caso de Gordon Childish. «¿Y qué hizo usted cuando, después de tantos años de labor científica, logró resolver por fin el enigma que había ocupado toda su carrera?» «Me compré la Hustler y me hice un garrote en el excusado de la gasolinera. Luego volví al trabajo.»
 
Como suele ocurrir con las noticias estas, el mira-qué-me-he-encontrado del Homo Blogger nos ofrece confirmación científica de una cosa que ya sospechábamos y que nos es indiferente, a la vez que nos da la oportunidad perfecta para agitar el mentón con parsimonia y sujetarnos la barbilla —cual si fuera a desprenderse del rostro—, en actitud pensativa y como diciendo «AhhhmYaLoDecíaMoi», todo ello mientras seguimos volteando hoja tras hoja en pos de la página necrológica o del chistecín de Mingote. Esta escena ilustra el fenómeno que los cibercríticos de la holocultura denominan «implosión mediática», y que puede definirse como la tendencia a leer los renglones del diario con la disposición de ánimo de quien escruta el cielo paleolítico buscando emblemas, o nubes dispuestas en alegoría, o indicios del inciio de las segundas rebajas —junto con una clara, terrible certidumbre: los Dioses de la Lluvia hablan por boca de Paco Montesdeoca.

Escrito por Eloy Fernández Porta

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