La decadencia del sistema [fragmento]

Publicado en 19 Julio 2009

Muchos creemos que ya no cabe cerrar los ojos a la evidencia de que mientras en el siglo XV Europa impulsaba a sus gentes a embarcarse en cáscaras de nuez hacia lo desconocido, en nuestro tiempo se repliega sin iniciativas y abdica de su activa presencia anterior en el escenario mundial. Por eso nos parece vivir la decadencia de nuestro sistema occidental, al comparar ese ocaso con la explosión vital de su pasado amanecer. Y, pese al progreso técnico desde entonces, nos parece que la historia está repitiendo la ruina del Imperio romano, cuyo solar europeo pasó a ser ocupado por nuevas fuerzas que conducirían al feudalismo y, tras él, al capitalismo actual.
 
Por supuesto, me doy cuenta de que mi diagnóstico es contrario a la optimista versión del pensamiento económico dominante en los países más adelantados. Baste recordar el éxito inmediato que hace pocos años obtuvo la tesis fukuyamesca del «fin de la historia», según la cual el sistema de vida americano representa la cima alcanzable en la evolución humana y no tiene ya sentido plantearse hipótesis de supuestas alternativas. En ese mundo privilegiado y dueño de un poder que condiciona el del resto de la humanidad, se ofrecen (según esa tesis finalista) beneficios tales como la libertad, la igualdad ante la ley, la democracia y el desarrollo económico. Los economistas justificadores del sistema, y los que ingenuamente acatan sus dictámenes, se reúnen a menudo con los políticos y con los medios informativos en espectaculares conferencias, reiterando las líneas de acción presentes y prometiendo gracias a ellas el progreso que conduzca al final de la pobreza actual en un plazo de pocos años. Como mucho, por toda mejora se organizan nuevas instituciones internacionales encargadas de ejecutar los programas.
 
Sin embargo, con el apoyo de autores más independientes, mantengo mi opinión sobre la decadencia del sistema. Es verdad que se ofrece una igualdad ante la ley, falsa por completo dada la injusta distribución mundial de los bienes del planeta entre sus habitantes, desigualdad que no se ha corregido en todos los decenios en que se viene hablando de suprimir la pobreza. También es cierto que el sistema proclama declaraciones democráticas, pero la realidad nos enfrenta con organizaciones oligárquicas que mantienen su poder gracias al dominio de los medios informativos, con la consiguiente manipulación de la opinión pública, además de justificarse con ideologías elaboradas por los intelectuales a su servicio. En cuanto al desarrollo económico, recibe el injustificado nombre de sostenible, cuando en realidad la triplicación de la población mundial en un siglo, y el deterioro del medio ambiente en este tiempo, conducen a la conclusión de que el proceso no podrá mantenerse mucho tiempo como hasta ahora. Y en cuanto a la libertad, basta asomarse a esos mismos medios informativos para tener que preguntarse inmediatamente quiénes son los verdaderos beneficiarios de la misma. El caso de llevar la libertad a Irak a lomos de bombas y misiles demuestra de sobra a qué intereses conviene semejante barbarie. Si especificamos, en fin, que se trata de libertad económica, como la que atribuye al mercado un autor tan fanático del sistema como Milton Friedman, basta la experiencia cotidiana para comprender que el que es libre en el mercado es únicamente el dinero. Sin el no es posible obtener ningún beneficio. Aclaremos que la palabra «libertad» tiene distintos sentidos según el usuario. Cuando el poderoso exige libertad, la quiere para no encontrar ninguna traba que le impida conseguir más beneficios. Cuando el débil pide libertad, es para reducir la explotación a la que está sometido.
 
Existen, por tanto, dos versiones contrapuestas para interpretar la situación del sistema imperante: la de sus satisfechos apologistas y la de quienes lo vemos descarriarse. No puede extrañar tan honda discrepancia porque, como es sabido, la índole epistemológica de las ciencias sociales no es la misma que la de las exactas y naturales. En aquéllas es mucho menos posible ofrecer contrastaciones empíricas, abundando en cambio los razonamientos y formulaciones de carácter ideológico. (...) Como escribió muy bien John Kenneth Galbraith, buena parte de los textos de ciencia económica en los dos últimos siglos contienen formulaciones en el sentido deseado por los poderes establecidos. Se comprende que este excelente economista no pudiera obtener el premio Nobel, concedido en cambio a su oponente Friedman.
 
El diagnóstico negativo de la situación global y la percepción de su decadencia se confirma, a poco que se reconozca la aberración de seguir impulsando un estilo de desarrollo ya insostenible. A eso se añaden actuaciones en otros campos que rayan en la barbarie porque afectan a valores básicos constitutivos del sistema. Así ocurre con la falta de respeto a la vida y a los derechos humanos, vulnerando repetidamente normas de leyes y del derecho internacional creado por nuestra civilización; la negación del libre derecho a las migraciones construyendo muros y barreras territoriales precisamente cuando se dispone de los excelentes medios de comunicación y, sobre todo, la restricción de las libertades personales con el pretexto de una lucha contra el terrorismo que no trata de combatir las causas del problema. El terrorismo no se resolverá reprimiendo los derechos de los ciudadanos en el mundo desarrollado, sino instaurando el derecho vital de la humanidad pobre a unos bienes terrenales que les niega un reparto injusto. No me cabe la menor duda de que la ideología económica vigente, halagadora de los intereses dominantes, es un aspecto más de la decadencia global.
 
(...) Vivimos la decadencia del sistema, pero la historia no se acaba. Al derrumbamiento del Imperio romano sucedieron otros acontecimientos que iniciaron nuevas estructuras e instituciones. La llamada «invasión de los bárbaros» resultó ser una operación quirúrgica que abrió paso a nuevos escenarios. Pienso que lo mismo ocurrirá ahora. Se perciben ya agentes transformadores tanto en la aparición de nuevos protagonistas históricos externos a la cultura occidental, como también en el desarrollo vertiginoso de la ciencia, único aspecto del sistema en continuo progreso, con nuevos descubrimientos y técnicas. No me cabe duda, como afirmé en mi obra El mercado y la globalización, de que otro mundo es seguro, pero no resulta posible predecir las características de una nueva o nuevas organizaciones humanas. La respuesta la dará la historia, que es el nombre dado a la evolución de la humanidad. Como escribió Neruda, «no es hacia abajo ni hacia atrás la Vida».

Escrito por José Luis Sampedro

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jytdu 08/10/2011 20:38


la ilustracion es brutal


Amkiel 08/10/2011 21:33



Gracias, pero el artículo no desmerece.