Una lección moral

Publicado en 14 Junio 2009

Un gran paso adelante en mi formación moral (autodidacta: mis padres eran ateos, por lo cual no me enviaron a ninguna iglesia y la miopía me exoneró del Ejército), consistió en comprender que no debía perdonar a mis enemigos, aunque no hubieran conseguido destruirme todavía. Aún más: reconocer que tenía enemigos fue una bella lección moral. Yo actuaba como si no los tuviera, y si bien eso en parte los desanimaba, se debía, fundamentalmente, a mi profunda convicción de que no existía razón alguna para tenerlos.
 
Fue un día plenamente hermoso. A la mañana reconocí, audazmente, que mi aspecto juvenil (a pesar de los cuarenta años) podía suscitar envidia en espíritus ajenos, y que mi falta de presunción podía ser interpretada como la más altiva soberbia. Era compasivo con los tontos, y en lugar de incitarlos a que dejaran de serlo, procuraba ocultar mi inteligencia, lo cual, sin duda, me ganaba su desprecio. No adulaba a nadie, y eso provocaba el rencor de quienes querían sentirse halagados; me resistía a competir por el beneficio, la fama o el poder, y con ello, privaba de oportunidades de vencerme a los demás.
 
Pero eso no fue todo. A la tarde (una bella tarde primaveral en que el aire olía a madreselvas), reconocí que lo peor era mi tenaz resistencia a acusar los golpes. Si alguien intentaba herirme, yo, enseguida, con gran generosidad, le demostraba que no lo había conseguido, y le tendía una mano amistosa. Esto, sin duda, provocaba el desconcierto y la incertidumbre de mis enemigos, aunque yo, en mi confusión moral, pensaba no los tenía. Cuando alguien, luego de muchos intentos, lograba causarme alguna clase de perjuicio, yo ocultaba el daño, ante él y ante mí mismo, de modo que nuestra aparente amistad pudiera continuar, y el agresor ignorara para siempre el éxito de su acción. Entonces se veía obligado a repetir su ataque, convencido de la ineficacia del primero.
 
Debo confesar que esta manera de actuar confundía notablemente a mis agresores. Una antigua ley (que yo, en mi escasa formación moral, ignoraba) establece que los enemigos deben reconocerse entre sí, responder a los golpes y atacarse mutuamente. Mi sonrisa permanente, en cambio, la delicadeza del trato que les continuaba brindando, y aun mi confianza, los desconcertaba y provocaba su rencor. En efecto, si yo me hubiera dignado reconocer la hostilidad de sus sentimientos, o el daño recibido, ellos habrían tenido la posibilidad de mostrarse magnánimos, generosos y hasta arrepentidos; posiblemente no me habrían atacado más, en consideración a mi debilidad, y hasta me habrían ofrecido ayuda. Pero cuando me atacaban, yo lo disimulaba. Ocultaba mis heridas, restañaba los tejidos, en soledad, y el enemigo no encontraba, al día siguiente, ninguna huella de su acción. Esto lo disgustaba profundamente: esperaba reciprocidad en el trato, ya fuera en la amistad o en el odio. Reconocer que la agresión había sido poco efectiva lesionaba su vanidad, disminuía su autoestima; mi resistencia a defenderme le creaba sentimiento de culpa y el hecho de que yo continuara brindándole mi amistad le parecía una prueba inequívoca de soberbia.
 
A lo noche, en un rapto de lucidez, reconocí que había aceptado la envidia de mis enemigos disfrazada de amor, que besé a los traidores y alabé la reticencia de los celosos, convirtiéndola en discreción. Esa noche, antes de acostarme, comprendí algo más: perdonar a nuestros enemigos, si éstos no desean ser perdonados, es una afrenta. Constituye una violación al deseo íntimo del ofensor. Al perdonar a mis enemigos, en el mismo momento en que pretendían agredirme, despojaba de finalidad a sus actos, los desnaturalizaba doblemente. Por un lado, impedía la consecución de sus objetivos; por otro, les negaba la posibilidad de un auténtico arrepentimiento, pues si no habían cometido ninguna falta, como yo les hacía creer, en lugar de pedirme perdón, debían repetir su agresión. No hay nada peor que ser perdonado por una falta que no ha sido cometida. Y eso era lo que yo hacía con mis enemigos.
 
Luego de estas reflexiones, que me llevaron el día entero, me sentí reconfortado. Había conseguido superar la piedad que me inspiraban mis enemigos y mi tendencia natural al perdón (una deformación ignominiosa de mi carácter): ahora tenía una moral, igual que mis enemigos.

Escrito por Cristina Peri Rossi

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