· El portero |Terry Eagleton| ·

Publicado en 29 Abril 2009

Lástima que en el mundo fluvial no se haya dado todavía el portento de que uno de los pocos peces que nadan contracorriente escribiese sus memorias. Así que a falta de referencias de otras especies no queda más remedio que bucear entre las estanterías de libros humanos hasta encontrar uno que merezca realmente ese adjetivo. El libro de memorias de Terry Eagleton, El portero, es breve pero intenso, una delicia para el paladar y un aliciente para ponerse a nadar de nuevo.
 
Puede que la política radical no sea una actividad tan desagradecida, pero sí que es una propuesta muy modesta. Bertolt Brecht señaló en cierta ocasión que lo radical era el capitalismo y no el comunismo, y su colega Walter Benjamin añadió acertadamente que la revolución no es un tren sin frenos, sino la aplicación del freno de emergencia: lo que está fuera de control es justamente el capitalismo y el socialismo intenta pararle los pies. Como Marx reconoció, las raíces del capitalismo son revolucionarias, una suerte de exageración del deseo fáustico, mientras que el socialismo nos recuerda nuestra humilde condición elemental de seres laboriosos, sociales y limitados materialmente. El gusto de los posmodernos hacia la reinvención perpetua es pues la actitud menos radical, por mucho que les parezca lo contrario.
 
Las cosas andan tan rematadamente mal que, incluso una proposición tan modesta como que todo el mundo en el planeta tenga agua y comida suficientes, parece una provocación. Es imaginable plantear un movimiento revolucionario a partir de ideales utópicos descabellados, pero alterar la vida de la gente de forma tan espectacular, pretendiendo únicamente que el suministro de verdura fresca esté garantizado, resulta extrañamente ridículo. Solo un extremista se opondría a algo así, igual que solo un extremista puede suscribir un sistema capitalista global que, según se cuenta, pagó a Michael Jordan por anunciar las zapatillas deportivas de Nike más dinero del que empleó en todo el complejo industrial del sureste asiático que las fabricaba. Los revolucionarios son por lo tanto personas moderadas y realistas, que reconocen que arreglar cosas como esas requeriría una transformación integral. Quienes se plantean lo contrario no son más que utópicos desocupados, aunque su denominación más común sea la de liberales y pragmáticos. Una de mis estudiantes me comunicó humildemente en cierta ocasión que ella "no era revolucionaria". En vez de empezar con Hegel, me pasó por la cabeza preguntarle si había leído el periódico últimamente.
 
Así pues, los revolucionarios no son ni optimistas ni pesimistas, sino realistas. De hecho, una de las razones por la que escasean tanto se debe a que el realismo es un credo extraordinariamente difícil de llevar a la práctica, y esto es exactamente lo que los avispados pragmáticos no llegan a apreciar. La base de toda acción moral y política radica en ver la situación como realmente es, algo verdaderamente difícil y agotador. Puesto que normalmente la verdad no es, en términos políticos, excesivamente agradable, ser realista significa llevar una existencia fría, desangelada, siempre ojo avizor y con la escopeta cargada, atenta al menor destello de fantasía o sentimentalismo. Esa es la única manera de vivir, aunque de ninguna manera se pueda llamar vida a eso, lo cual hace que la política radical acabe siendo un asunto lleno de contradicciones. Los que la practican con éxito suelen ser los últimos en asumir los valores de esa sociedad por la que luchan -un mundo con mucho espacio reservado para la fantasía y las emociones-, igual que nadie querría apuntarse a un club tan aburrido y desesperado como para admitir a gente similar a los propios socios. Como en el poema de Brecht "Desventurados los que allanamos el terreno a la amistad / Y no conocimos la amistad entre nosotros".

Escrito por Amkiel

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