El efecto Lepoeder

Publicado en 2 Mayo 2015

El efecto Lepoeder

Entre Saint-Jean Pied-de-Port y Roncesvalles, cincuenta mil peregrinos atraviesan todos los años el collado pirenaico de Lepoeder. Es una subida de veinte kilómetros de longitud y mil trescientos metros de desnivel. Para la mayoría es la primera jornada del Camino de Santiago. La jornada de los arrepentimientos.

En la subida a Lepoeder vi a matrimonios franceses hundidos bajo mochilas titánicas, tanteando cada paso con los bastones y clavándolos en el suelo como si temieran hundirse hasta el centro de la Tierra. Vi a coreanos con botellas de agua de litro y medio, atadas cada una a un lado de la cintura. Vi a una alemana llevando de la correa a su perro minúsculo, y al perro minúsculo con un chaleco en el que portaba su propio botellín de agua.

En uno de los repechos más duros encontré un libro tántrico en alemán, muy grueso, abandonado sobre el poste de una alambrada. Un poco más arriba, un librito de oraciones sobre otro poste. Leí alguna vez que la peregrinación es una plegaria expresada con el cuerpo. Para qué, entonces, los libritos de oraciones.

Más arriba encontré un tocho de Paulo Coelho sobre una roca. En el albergue de Roncesvalles —primera noche para tantos— se acumulan los libros abandonados de Coelho, Bucay, de autores rebosantes de energías y felicidad y cúpulas y los nueve tralarí. Los caminantes descartan lo superfluo.

Escrito por Ander Izagirre

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